RELATO “NINGUNO”

Ninguno

No está prestando demasiada atención a lo que ocurre en la pantalla. Y eso que es lo que más le gusta de estar allí; la tele. O, más bien, lo que echan por la tele. Que no tiene nada que ver con lo que echan donde él vive. Porque allí sólo puede ver partidos de fútbol, con padre y sus hermanos  y muchos otros hombres, que fuman y hacen mucho ruido. Aquí, sin embargo, se infla a ver dibujos animados y pelis de americanos con casas enormes, a los que les pasan cosas alucinantes y que tienen siempre muchos niños muy guapos. Él no sabe si es guapo, madre nunca se lo ha dicho.

Pero ahora no está haciendo caso. En parte porque está muy a gustito, acurrucado entre los cojines del sofá y el gato “César”, en parte porque lo que están echando es un rollo (aquí lo llaman el telediario) y, en otra parte, porque está superconcentrado en chupar los restos de chocolate de lo que era un huevo Kinder, del otro huevo, el amarillo que sale dentro y que se muere de ganas de abrir ya para ver qué le sale esta vez.

Pero, por alguna razón que no se plantea, acaba quedándose colgado de las imágenes que retransmite la tele. Al final, ese tropel de pies en chancletas ha conseguido que el huevo amarillo de plástico y sus propios dedos se hayan convertido en un todo de babas y chocolate. Se los mira por un segundo y decide que no se notará demasiado, porque sus dedos ya eran oscuros antes.

Marina, que así se llama su mamá española y tem-po-ral —esto último se lo repitieron muchas veces los que le preguntaron a padre y a madre si querían que él pasara el verano aquí—, parece estar también abducida por las imágenes. Está sentada en el sofá de al lado, que no tirada como él y no come, también al contrario que él. Ni Kinder, ni nada. Marina no come casi nunca, él se ha fijado. No sabe por qué, con tantas exquisiteces que tiene en los armarios de la cocina, pero esa es la cosa. Que no come más que comida verde. Y poca. Pues eso, Marina está sin comer, sentada muy tiesa y muy callada, mirando también los pies con chancletas. Eso sí igual que él.

Son pies que caminan como a trompicones. Son pies como los suyos —desvía la mirada desde la tele hacia sus pies descalzos y lo confirma—. Oscuros, con las uñas rosita y la mitad de abajo también. Pero esos pies, los de la tele, están llenos de polvo. Y son muchos; van acompañados de un montón de pies más. Y todos, todos, llevan las mismas chancletas.

Él va descalzo, Marina no le deja poner los pies en el sofá si no se descalza antes. Pero en el suelo, tiradas de cualquier manera, están las sandalias que ella le ha comprado en una tienda muy bonita; y que son sólo suyas. Eso es lo que le dijo cuando, al quitárselas el primer día, las dejó en el pasillo, por si querían ponérselas sus hermanos españoles y temporales. Son azules y rojas, con una hebilla brillante y una suela muy gorda, tan gorda que no se le clava ni una sola piedra del suelo cuando camina con ellas. Claro, que aquí tampoco hay muchas piedras que clavarse. Aquí el suelo es liso y no tiene cosas tiradas, ni botellas, ni latas, ni cachos de cosas que uno no sabe qué son, o qué fueron antes de ser cosas tiradas. Ni piedras. Solo cuando van a visitar a los abuelos de sus hermanos españoles y temporales, que viven en una casa parecida a las de los americanos de la tele, pisa alguna piedra. Pero son piedras muy limpitas, todas iguales, de color blanco y puestas allí, en el suelo, a propósito —cosa que él no entiende demasiado pero bueno, ellos sabrán lo que les gusta hacer con sus piedras—. Sus sandalias son brillantes y están muy limpias. Las chancletas de la tele no. O mejor dicho, no se sabe de qué color son. Pero limpias, limpias así como las suyas, no están.

Los pies de la tele son grandes, no pequeños como los suyos. Hay otros pies mezclados entre ellos, sin chancletas. Son pies con deportivas, parecidas a unas que también le ha comprado Marina, pero de colores menos bonitos. Las personas que tienen esos pies, los de las deportivas, están abrigando a las personas de los pies con chancletas. Se ve que tienen frío aunque aquí, donde está él, hace muchísimo calor. No es que a él le parezca que hace calor, pero Marina lo dice todo el tiempo, así que lo hará.

Entre las personas que tienen esos pies, ve que hay una más baja que los demás y con una barriga tremenda, como la que tiene madre cada año. Es una señora, como madre. Y se fija en sus pies oscuros, para ver si también lleva chancletas. Y sí, las lleva. Sus pies son tan negros como los de los demás, y parecen igual de fatigados. Son casi como los de la anciana que atiende a madre cada vez que ésta se tumba a traer un hermano nuevo. Y sus chancletas tienen también el mismo color que las de los demás.

Es un color que se debe llamar ninguno y que sólo debe existir donde él vive. Y donde viven todos esos pies de las chancletas. Al menos, aquí él no ha visto ese color. En donde vive sí, pero allí no lo llama de ninguna manera. En donde él vive hay muchos colores bonitos también, las mujeres como madre los llevan en la ropa. Pero también hay el ninguno, que aquí no ha visto. Bueno, a lo mejor sí que lo ha visto en algún sitio, por ejemplo en los churrillos que saca la goma de borrar que le ha comprado Marina, junto con un montón de cuadernos y una caja de lápices de colores. Esos churrillos salen cuando borra algo que le ha salido mal, y le parece que también podrían ser de color ninguno.

De repente, está mirando los pies de Marina.

Los pies de Marina le alucinan. Le han alucinado desde que vino a su casa. Son pequeñitos y oscuros. Pero de un oscuro diferente al suyo y al de los pies de la tele, los de las chancletas. Incluso a los de la señora de la barriga o a los de madre, que son señoras igual que Marina. O parecidas. Bueno, señoras. El oscuro de Marina es un oscuro poco oscuro, cree él. Casi como el oscuro de un cacahuete. No de la pielecita suave que rodea el cacahuete, y que a él le encanta. Sino como el cacahuete de dentro, el que está debajo de la pielecita. Eso cuando madre los tuesta, claro. Porque sin tostar no tienen ese color.

Además, Marina se pone las uñas de colores. Y a él le parece que le quedan una pasada de preciosas. Lo de “pasada” lo ha aprendido de Borja, el mayor de sus hermanos españoles y temporales. A veces las tiene de color rojo, otras de color rojo más oscuro, y otras de color rojo más claro. Nunca las lleva de color ninguno. Son una pasada de las pasadas, las uñas de Marina. Ahora no las ve, porque Marina las lleva metidas dentro de unos zapatos que también le alucinan. Cuando Marina se pone esos zapatos, sus pies ya son lo más guay del mundo —lo de guay también se lo ha copiado a Borja—. Los zapatos son superpequeños, y levantan los pies de Marina del suelo, y a ella misma, como si fuera a echar a volar. Los levantan porque tienen como un palito en la parte de atrás, no porque vuelen de verdad.

Marina tiene de muchos colores y le encanta ponérselos. Y a él le encanta que se los ponga, porque parece más bonita, más alta, más simpática y más guay con ellos. Y, sobre todo, porque va haciendo un ruidito por la casa, o por la calle, o por las tiendas, que le alucina lo que más. Toc, toc, toc. O tic, tic, tic. O tucu, tucu, tucu… depende del color de los zapatos de ese día. Ese es un misterio muy emocionante, que algún día le pedirá a Marina que le cuente.

Pero ahora no, porque está toda concentrada en lo de las chancletas de la tele y no quiere interrumpirla.

—¿Qué estas viendo?

El que pregunta es Rober, el marido de Marina, que acaba de entrar desde la cocina. Rober es un padre español y temporal majo. Siempre va y le hace cosquillas en la tripa, o le levanta en el aire y le da vueltas hasta que casi se hace pis de la risa, o le llama Chavalote. Seguro que está haciendo cosas muy ricas de comer. Siempre las hace él, o Encarna, una señora que no vive allí pero que va todos los días. Marina nunca. No le debe gustar o a lo mejor no sabe hacer comidas. No como madre, que sí sabe. Cuando se sientan a comer, ella siempre le dice a Rober que con una hojita de lechuga y una pechuguita ya tiene bastante, que no sea pesado. Pero él no debe estar muy de acuerdo con eso porque se pasa el tiempo diciéndole que ya no necesita perder más, que ya está guapa. Y él mira a Rober, a ver si Rober le mira también a la vez, para que sepa que está de acuerdo con lo que dice, que Marina está guapa. En lo de que no necesita perder más no está de acuerdo, porque no sabe qué quiere decir eso. Que Marina necesite perder algo. Y como no entiende de qué va, pues se calla.

—Otra patera —dice ahora Marina, que ese día lleva los zapatos de color azul con bordecito negro. Son los que hacen tikmm, tikmm, tikmm.

Rober se le queda mirando a él. Luego mira la tele. Todavía se ven las chancletas y las deportivas, pero con unas letras delante que él no entiende, porque aún no ha aprendido a leer ni a escribir, y menos en español. Aunque Marina le ha dicho que para el verano que viene le pondrá un profesor que le enseñará. Luego, Rober le mira otra vez. Y luego, vuelve a mirar a Marina. ¡Cuánto mira Rober!

—Son de Senegal —dice, muy serio.

—Sí —dice Marina.

Senegal es de donde él es. Y madre. Y padre. Y Sarabi, Mamadou, Makena, Bimba, Abdou y Zima. Él, se llama Alhayi.

—Pues no sé si el niño debería… —dice Rober sacudiendo la cabeza hacia donde está él.

Marina mira a Rober con cara rara, como si tuviera mucho sueño. Y luego le mira a él.

Él se encoge un poquito entre los cojines, pues ya le mosquea tanta mirada, y acaricia a César detrás de las orejas, que sabe que le gusta. Le parece que de pronto sus pies son muy grandes, y muy negros. Que sólo es pies. Todo él pies. Sonríe, porque no sabe qué hacer y porque sabe que a Marina y a Rober les gusta, siempre le dicen que qué envidia de dientes. Él no sabía lo que quería decir “envidia”, pero ya se lo han explicado. Significa que les gustan sus dientes más que los suyos, los de ellos. Pero eso no es que se los quieran quitar, sólo que les gustaría que los suyos fueran iguales que los de él. Por eso sonríe ahora. Porque no sabe si Marina le mira porque piensa que sus pies deberían llevar chancletas color ninguno o porque está enfadada, o triste, o qué.

—Vale —dice ella por fin. Y coge el mando de la tele y aprieta el botón.

Cree que enseñar sus dientes ha estado bien, porque le ha puesto una peli de unos chicos y unas chicas que cantan y bailan encima de unas mesas. Y tienen los dientes casi tan blancos como él. Así que acaba de limpiar bien con la lengua el huevo amarillo del Kinder y se siente superfeliz. Va a abrirlo, a ver qué hay dentro. Y verá la peli hasta que Rober salga con algo superrico para comer. Y esperará tan contento a que Marina se levante del sofá para ir a recoger a Cayetana y a Laura de la piscina de unas amigas —a él no le gusta la piscina, por eso se queda en casa viendo la tele—  y, al caminar hacia la puerta encima de sus zapatos, haga ese ruido de azul con bordecito negro: tikmm, tikmm, tikmm…

Abre el huevo amarillo y le sale un tractor diminuto, como el que le dieron a padre para que trabajara el campo sin cansarse. Se lo enseñará cuando vuelva. Se arrellana bien entre los cojines y, con el tractor bien agarrado en la mano, se zambulle en la historia del chico rubio que le canta a la chica morena, mientras ella baila dando saltitos a su alrededor.  También lleva zapatos con palito atrás. Son rojos y por eso hacen takta, takta, takta. Son bastante guays.

Es lo que más le gusta de la tele.

Que, si no quieres ver chancletas de color ninguno, pues vas, cambias y ya está.

Se lo tiene que decir a madre cuando vuelva.

 

 

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