RELATO “EN BUENA LID” (TERCER PREMIO EN EL XXX CERTAMEN LITERARIO PICARRAL. ZARAGOZA 2013)

EN BUENA LID

 

Las olas son pequeñitas, se encorren las unas a las otras en una secuencia juguetona y espumosa. Como dicen todas las canciones nada originales, vienen y van, vienen y van. El sol brilla, orondo y potente, sobre él. Sobre ellos. Salva mastica arena. Y él, bosteza.

Mirando al pequeño, a Klaus se le ocurre que ya lleva demasiado tiempo a remojo en la balsita hinchable, llena de agua de mar. Que debería sacarle y secarle o se le arrugará todo, como una vieja sirena.

Hace crujir sus articulaciones, jóvenes pero cansadas de tanto trasnoche, y se levanta.

—¡Arriba, enano! —el pequeño Salva hace una mueca de disgusto al verse arrancado de cuajo, desde su particular reino de agua sucia, hacia una toalla rasposa—, vamos a dar el paseo.

Pero es papá quien le está achuchando contra su cuerpo caliente, envueltos los dos en el toallón de Espinete, y la mueca se le disuelve en el acto. Contra el pecho de papá, no hay mal que dos minutos dure.

Ya seco Salva, Klaus amontona su disperso campamento en una pila, con la intención de taparlo con la toalla húmeda con la que ha secado al pequeño. La silla, el periódico, la balsa de agua recalentada y mezclada con pis y arena, el cubo, la pala, la mochila de los pañales de “porsiacaso” y el pantalón de recambio, el botellín del zumo, la bolsa de doritos, la de chuches, el gorrito de ganchillo que le tejió Brunilla, su vecina… Klaus sonríe al desorden, coge el gorrito y, con un revoleo airoso, extiende la toalla y esconde el resto debajo. Es obvio, se dice, que si un chorizo quiere llevarse algo lo hará igualmente, pero al menos que se moleste en investigar. Y, piensa irónico, que se lleve el chasco de contemplar el ilustre botín que esconde Espinete.

Se sienta en la arena y coloca a Salva el bañador seco y el gorro. Le unta, como si fuera a freírlo, de protección cincuenta.  Echa una mirada al reloj para calcular la hora de vuelta; antes de salir ha dejado el puré cocido a falta de pasarlo por la turmix y, de camino a casa, tiene que recoger el pan y la leche.

Suavemente, acerca la mano hacia los cabellos oscuros del pequeño y los aparta de su frente.

—Ya te toca pelu —le dice bajito, ensimismado, perdido en la mirada azabache de los enormes ojos del pequeño—. Esta tarde nos pasamos por donde Sandra —acerca despacio al niño hacia él, lo rodea con sus piernas y le abraza. Su cabello rubio, casi blanco, contrasta con la rizada melenita morena de Salva y, por un momento, se mezclan los dos colores, los dos cabellos, las dos respiraciones. Padre e hijo.

No le conviene dejarse llevar por el sentimentalismo. Cuando eso pasa acaba con un bajón del quince, llamando al Toni para llorarle en el hombro o  haciendo algo de lo que luego suele arrepentirse. Así que, dando un último estrujón a su pequeño, inspira hondo.

—Vamos, grumete.

Coge a Salva de la mano y se levanta de un salto. El niño imita a su padre, feliz. Da un brinquito sobre la arena y se agarra fuerte a la mano de papá. El paseo por la orilla es el colofón que pone fin a las mañanas de los días de fiesta y da paso a otro de los grandes momentos de su pequeña existencia, la comida y la siesta en el sofá, con papá. Todo con papá.

Klaus apenas tiene treinta años. Vino hace doce desde la insulsa Danmark —es él mismo quien llama así a su país—, de viaje de estudios. Y se quedó.

Se enamoró de esa costa árida y ventosa; de la sensación de libertad que daba no vivir embutido en capas de ropa; del idioma rasposo y complicado, que sabe nunca llegará a dominar. De la luz. Del mar.

Klaus se quedó, con la facilidad con que los jóvenes hacen a veces las cosas. Sin excesivos sudores, hizo una llamada a cobro revertido a su familia en Copenhague y les dijo que se quedaba en España. Que ya les avisaría en cuanto ahorrara algo de dinero y tuviera un lugar decente para recibirles. Para que, si querían, vinieran a visitarle. Nunca lo hicieron.

Encontró rápidamente trabajo sirviendo copas en el Paraguanaira, un mastodóntico disco-pub en la misma playa. Pelo rubio, metro noventa y ojos azules en este país de morenos chaparrudos: alfombra roja en cualquier lugar donde tengas que pasear el palmito, le dijo el Toni. Y, efectivamente, Klaus comprobaba una y otra vez que no tenía que hacer nada más que “ser” para gustar de inmediato. Aquí se mea pepsicola por todo lo que viene del norte, le había dicho también su amigo.  El Toni parecía ser alguien bastante sabio, además de buen amigo.

—Papá… —un tironeo insistente a su mano le saca por un momento del adormecimiento de sus meditaciones—, papi…

Salva tiene dos años y medio. Pelo moreno, ojos oscuros, enormes. Va a la guarde de Teresa todas las mañanas, mientras papá duerme; lo lleva Bruni, la vieja vecina alemana. El primer día, papá le advirtió que no había que llamar viejas a las vecinas viejas y él obedeció; la llama Bruni. Luego, papá lo recoge y comen juntos, se echan la siesta también juntos y dan una vuelta por el paseo marítimo. Después, papá lo baña y le da la cena. Entonces, vuelve Bruni y papá se va al trabajo. La vida es simple.

—Papi, esa señora te hace así con la mano.

Klaus mira a Salva, que aparentemente está devolviendo un saludo a alguien, y luego hacia donde señala el pequeño.

—Se habrá confundido, lille[1], no la conozco de nada.

—Vale —acepta Salva tranquilamente.

La vida es sencilla para Klaus y su hijo. Es agradable. Es fácil.

La mirada de Klaus abandona la arena y se dirige al mar. La señora que saluda queda en un plano difuso y secundario, como en otra dimensión. Los ojos transparentes navegan por el agua infinita, ese día de un azul de cuento de hadas, y se detienen en uno de los barcos que a diario recortan su silueta contra el horizonte.

Klaus lo imagina por dentro como un hervidero de marineros de todas las nacionalidades, circulando por pasillos interminables, mirando radares que emiten rítmicos pitidos y manipulando máquinas brillantes; una tripulación ocupada con misiones secretas de las que depende que no estalle la tercera guerra; un capitán ceñudo con cartas de navegación y sextantes en la mano; contramaestres que suben y bajan a toda prisa, siempre con algo importante que decir a alguien igual de importante. Klaus sabe que,  en realidad, se trata de un carguero que espera permiso para atracar. Lo que lleva no son planos secretos ni armas sofisticadas, sino  yeso para la fábrica de cemento. Un polvo seco que obstruye las vías respiratorias y pinta las pestañas de blanco sucio. Pero a Klaus le gusta soñar.

Al poco de venir Salva a este mundo, su madre se fue al otro por culpa de las malas compañías y de una sobredosis. Klaus desoyó los consejos de sus amigos sobre no hacerse cargo del niño o, a una mala, pedir ayuda a sus padres en Dinamarca. decidió que sacaria adelante él solo a la pequeña familia que formaban Salva y él.  Pero el sueldo de camarero se le quedó al instante tan pequeño como parecía ahora, a lo lejos, el barco cementero. Pronto tuvo que admitir que, sólo en pañales, se le iba la mitad de los ingresos.

Buscó un segundo empleo en el barco cementero. Y en la cantera. Y en los viveros. Pero los tiempos habían cambiado y las cosas se habían vuelto difíciles. En el barco no había trabajo. Era demasiado blando para la cantera. Y demasiado nórdico para los viveros. A los patrones, su pelo rubio y sus ojos azules no les hicieron mear pepsicola, sino ahuyentarlo con un gesto de desgana “Anda… tira, tira…”. Y a él no le servían como cheques de canje en la farmacia, el súper o la tienda de chuches. Su belleza nórdica y su sonrisa seductora  no iban a pagar la papilla, los pañales, el jarabe o los ositos de peluche.

¿O sí?

—Papi —Salva vuelve a tirar de su mano. Klaus advierte que la playa se está empezando a despejar.

—¿Qué pasa, lille?

A Salva le gusta que papá le llame lille, que hable de esa forma en la que sus amigos de la guarde no saben hablar. A veces, lo hacen para entenderse sólo ellos dos. Eso es lo que más le gusta.

—Jeg har sult —dice.

—¿Tienes hambre? Ya volvemos.

Klaus lo coge en brazos y le estampa dos besos como dos soles. Sonoros y esponjosos, como los de las muchas tías y abuelas que el pequeño ha ido cosechando en el pueblo. Besos de tata, de señora, de vecina. Esos besos, sobre todo, son los que le gusta a Klaus darle a Salva.

El viento de levante empieza a soplar, como cada día a esas horas, y les revuelve a los dos el pelo. Salva está hasta las cejas de arena, bien pegada al protector cincuenta. Mejor lo  baña antes de comer y así se pueden quedar fritos en el sofá nada más terminar el postre, con el documental de la dos de fondo y sin picores. Ambos emprenden el camino de vuelta.

Klaus no quiere mirar hacia la playa. Están pasando por donde antes y sabe que, si la ve, Salva va recordarle que ahí sigue la señora que hacía “así” con la mano. Por eso da la vuelta al niño y lo aposenta en su brazo derecho, de cara al mar. Le cuenta que aquel barco grande del fondo es el barco de Peter Pan, que se lo ha ganado al Capitán Garfio en buena lid. Salva le pregunta qué es eso y Klaus le contesta que bueno, que en realidad ha sido en una lucha de espadas pero que lo importante es que ahora es de Peter  y de los niños perdidos. Y que van todos los días de aventuras por todos los mares del mundo. Salva asiente, muy comprometido con la proeza de Peter. Ya la conoce porque papá se la ha contado muchas veces, pero no deja de entusiasmarle volver a escucharla, pensar que allí mismo, en su pueblo, está Peter Pan. Y se pregunta cuándo papá le llevará a conocerle. Papá no tiene barco, eso es lo malo. Pero a lo mejor pueden ir en alguno de los que hay en el puerto. O en el de Matías, el de la tita Emilia, la que les vende el pescado para  las cenas.

Salva ya no se acuerda de la señora que saludó a papá al pasar antes. Ni sabe que la tienen detrás, mirándolos fijamente. No sabe que, a esa señora, su papá le gusta mucho. A esa y a muchas más. Y a bastantes señores también.

Salva no sabe dónde está Madrid. Ni que casi todos a los que les gusta mucho su papá viven allí. Que vienen a pasar las vacaciones, los fines de semana, los puentes… y que tienen el teléfono de su papá. Y que le llaman algunas noches, cuando él duerme, para ver si está disponible. Salva no tiene ni idea de todo eso, ni siquiera sabe lo que significa disponible.

Klaus no quiso llamar a sus padres para pedirles socorro cuando nació Salva, ni iba a hacerlo nunca. No es que tuviera nada contra ellos, pero la decisión de partir peras —expresión del Toni— con ellos y con ese norte lleno de ojos azules y frío, había sido suya. Como  suyo era Salva y suya era la tarea, la exquisita tarea, de qué hacer con él.

Así que ahora, a Klaus le saludan en la playa señoras y señores y, cuando eso pasa, él da la vuelta a su hijo para que mire hacia el mar. Al barco que Peter Pan ha robado al Capitán Garfio, en buena lid.

O en mala.

Cómo Peter ha conseguido el barco, a decir verdad, a Klaus y a Salva les da exactamente igual. El caso, lo importante, es que lo tiene. Y que, desde ese barco ganado en buena o mala lid, la gente de la playa es tan minúscula, tan pequeña, tan poco importante, que casi, casi, ni existe.

Klaus planta otro beso vibrante en la mejilla de Salva y le dice algo al oído. Los dos miran hacia el mar y agitan las manos en el aire.

¡Hasta mañana, Peter!

 

 

FIN


[1] Pequeño, en danés.

 

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