TÍTULO: “A CADA CULPA…” AUTOR: MAITE

A cada culpa…

 

Ya de pequeño te gustaba el teatro, esa sensación de misterio y poder que te proporcionaba interpretar otras vidas y otras situaciones. Disfrutabas con la mirada de arrobo que veías en el rostro de tu maestra y la envidia en el de tus compañeros. Poseías dotes para la escena, una memoria prodigiosa y un elegante porte.

La tuya fue una infancia tranquila y feliz. Eras un niño hermoso y sano, con unos cautivadores ojos grises que, poco a poco, se fue acostumbrando a que las personas a su alrededor se sometieran a sus deseos. La primera de ellas, tu madre, que sentía por ti auténtica devoción y te mimaba en exceso. ¿Quién podría culparla?

Tu padre también estaba orgulloso de ti y presumía de hijo ante sus compañeros de armas cada vez que tenía ocasión. Era un hombre que protegía celosamente su entorno y a quien disgustaba profundamente todo aquello que no pudiera controlar. Por eso se sentía seguro dentro de la disciplina del ejército e intentaba trasladar esa seguridad a su familia.

Y como familia suya había considerado a Ernst, tu tío, el hermano pequeño de tu madre, y le consiguió un puesto en el ejército cuando tu madre se lo pidió, al intuir sin saber muy bien por qué, que sería lo adecuado. Así fue como el tío Ernst tuvo un sitio en vuestro orden familiar.

Él no era como tu padre, un tanto exhibicionista y arrogante, sino una persona callada y discreta, amante de las letras, que te contaba cuentos de pequeño e increíbles historias cuando fuiste un poco más mayor, y quien te fue introduciendo el gusto por el teatro.

Cuando tu madre pasó varios meses enferma y en cama era él quien te sacaba a pasear muchas tardes después de clase por Berlín, iniciando una costumbre que perduraría en el tiempo. Ibais a la librería de un amigo suyo donde te mostraba cuentos con preciosas ilustraciones y cuando creciste un poco te llevaba además a las bibliotecas e incluso a la tertulia de algún café donde, de su mano, descubriste a los autores clásicos.

Al parecer, tenía más tiempo libre que tu padre, quizá fuera porque era militar de menor rango que él, cosa que no parecía importarle en absoluto. Pero tú sospechabas que era, simplemente, porque tu padre encontraba más interesente la labor de despacho que la compañía de su hijo.

Y a ti te encantaba estar con tu tío.

La adolescencia trajo cambios decisivos para ti. Una noche algo te despertó, sin hacer ruido saliste de tu cuarto y te quedaste en el pasillo, escuchando en silencio. Tu madre y tu padre hablaban. Él gritó:

–       ¡Mi cuñado, por Dios, mi cuñado!

–       No hables así de mi hermano, – dijo tu madre bajando la voz.

–       ¡A partir de ahora…! – volvió a gritar.

–       ¿Qué…? – ella no se atrevía casi a preguntar.

–       A partir de ahora no existe.

Salió de la sala dando un portazo.

Poco antes habías corrido a tu cuarto y te habías metido de nuevo en la cama.

Al día siguiente tu padre te llamó a su despacho para informarte de tu ingreso en una prestigiosa academia militar. Te vinieron preguntas a la cabeza. La primera fue respondida con una breve disertación sobre lo que está bien, lo que no, lo que es absolutamente intolerable y lo que hay que hacer para proteger el orden natural de las cosas y de las personas. Como repuesta a la segunda te llegó una bofetada. No preguntaste más.

Y a partir de entonces tu mundo de letras se volvió de armas.

Al principio pensaste que no sobrevivirías y más de una noche hundiste la cabeza en la almohada llamando a tu tío. Pero, pronto le viste un sentido teatral. Comprendiste que tenía su propia representación. El orden, la jerarquía, el brillo de las botas, el manejo de las armas, los uniformes, las insignias, los galones…

El poder.

Y decidiste formar parte. Mientas tu cuerpo se desarrollaba, tú aprovechabas toda oportunidad de forjarte una prometedora carrera. Eras listo y tenaz, no te resultó difícil.

Al acabar la academia conociste a una bonita muchacha polaca, Alicjia, tan entusiasta y tenaz como tú y te pareció muy conveniente. Su padre, un empleado del Reich, no te gustaba demasiado puesto que carecía del brillo que considerabas necesario, pero tenía muchos contactos y eso lo suplía.

Y así, con tu flamante futura esposa y tu recién estrenada condición de Oberscharführer, sargento mayor de las Wafen SS, partiste hacia Varsovia. Allí tu cometido estaba perfectamente claro y a él te entregarías con total devoción y adiestramiento.

Sin embargo, en tu nueva familia había un elemento que te desestabilizaba profundamente. Andrzej, el hermano de Alicjia.

Tu cuñado.

Tu suegro te explicó la situación de forma fría y brutal. Tú la hiciste tuya y construiste una vía paralela de exterminio y aniquilación encaminada a tu lucimiento. Lo tenías todo planeado y calculado para tu gran momento de gloria.

Y tuvo lugar. Tal como tú querías, saliste a escena para completar el fruto de tu obra. Contemplaste lo que tuvo lugar porque eres un hombre íntegro y necesitabas una justificación moral.

Ausgezeichnet, repetiste. Perfecto.

Sin embargo, jamás admitirás ante nadie el vacío que te produjo pronunciar esa palabra. Lo que allí presenciaste nada tenía que ver con algo que no fuera la valentía más absoluta. Era el valor auténtico, no el protegido y teatral de la academia, sino el auténtico, el del corazón, el del alma.

¿Cómo habían podido? ¿Cómo?

“Pueden porque creen que pueden” te había citado tu tío en aquella lejana época en la que te descubrió a los clásicos.

Tu tío. El hermano de tu madre. El cuñado de tu padre.

Les habías arrebatado todo cuanto habías podido.

Todo.

Absolutamente todo. Les habías dejado sin nada.

Te equivocabas.

Todo menos su dignidad. No te lo permitieron.

Los ojos transparentes de tu hijo te lo recuerdan cada día.

 

… su justo escarmiento.

 

 

Autora: Maite

 

 

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Comentarios
Un comentario de “TÍTULO: “A CADA CULPA…” AUTOR: MAITE”
  1. Nando dice:

    Gracias Maite! Genial retrato…
    Un relato precioso…
    Un abrazo!

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