Relato: La selección natural

La selección natural

 

 

Me estoy poniendo colorado.

Daniel me mira de reojo y yo le hago un gesto elocuente, que quiere decir: Estoy bien. Tranquilo.

Daniel es mi amigo. Mi mejor amigo.

Desde un día en que, viniendo al colegio, le conté que me había pasado la noche en blanco, enredando las sábanas de tantas vueltas que había dado y escuchando ladrar a una batahola de perros en la calle, que parecía se estuvieran insultando a ladridos unos a otros. Y que, luego, me había levantado y me había puesto a leer. Y Daniel no pensó, como hubieran hecho todos, que era un raro. Desde entonces es mi mejor amigo. Por eso. O porque quiero.

Y sé que le fastidia que ahora esté colorado, y que todos me miren, y que el imbécil de Auguste se ría.

Y es que otra vez el maestro me ha reñido delante de todos los condiscípulos por haberme quedado traspuesto mientras explicaba la lección. Y todo porque que no me gusta ni ver la biología. Voy a estudiar derecho, eso dice padre. Madre no dice nada, siempre está enferma.

Miro a Auguste y consigno que ya se está dedicando a hacer bolitas de papel chupado para pegarlas en el techo. Eso significa que ya se ha olvidado de mí. Mejor.

Auguste es lo peor, es un asno con pelusa en el belfo y ojos de rata, y le encanta meterse conmigo. También le encantaba meterse con Thèodore el año pasado porque tenía asma, al igual que yo. Pero como Thèodore ya se ha cambiado de colegio, pues sólo le quedo yo. Daniel me dice que le dé un buen par de puñetazos en la nariz cuando salgamos al recreo. Pero a mí me entra como una especie de indisposición cuando lo dice y, además, a él no le pega nada decir ese tipo de cosas, así que enseguida pasamos a otro tema. Daniel es comprensivo. Y tiene estilo.

El maestro se está acercando hacia donde yo me siento. Lleva la vara en la mano.

Se da golpecitos en la otra mano, pequeños, mezquinos, casi recatados. Va mirando de reojo los ejercicios que nos ha mandado hacer. Tiene las cejas levantadas y el labio, muy fino, apretado debajo de un bigote con las puntas hacia arriba. Como el que Daniel y yo queremos tener de mayores.

Empiezo a sudar, porque me doy cuenta de que no he empezado el ejercicio sobre los guisantes de un monje llamado Mendel. Daniel me mira otra vez, desde su silla tres filas más adelante y a la derecha, y sabe perfectamente lo que pasa sólo con ver mi cara.

El maestro se acerca. Mi cuaderno sigue en blanco. Sólo con el enunciado del problema.

Querría decirle que Auguste está haciendo bolas de papel chupado, y que Vivien no para de sacarse mocos de la nariz y pegarlos bajo el pupitre, que Dominique no deja de hablar de chicas con Etienne y que Lucien está mirando a las avutardas porque no sabe ni cómo empezar. Pero sé que es caso perdido. El maestro viene a por mí.

Daniel también lo sabe, y por eso aguanta la respiración mientras su agudo cerebro está intentando inventar a toda prisa alguna excusa que me libre del castigo. Como tantas veces.

Pero, esta vez, el profesor es más rápido que mi intuitivo amigo.

—Caballero —me dice, deteniéndose a mi lado y mirando mi cuaderno, mientras no deja de darse azotitos con la vara—. ¿Tiene intención alguna de emplear una ínfima parte de su ilustre cerebro en resolver el problema, o por el contrario?

—Iba a hacerlo ahora, señor —contesto.

—Y… ¿qué le ha impedido ponerse a la tarea hasta este momento? —ironiza él.

—Bueno… —empiezo—, en realidad…

Siento que la sangre se está agolpando en mis sienes. Creo que Daniel también se está dando cuenta. Porque me conoce. Y porque, como ya he dicho, es mi mejor amigo. Por eso está haciendo aspavientos con las manos, moviéndolas en el aire como si quisiera cortarlo a rodajas. Debe querer decir que no siga por ahí.

—No me interesa en absoluto si los guisantes son verdes o amarillos, lisos o rugosos —sentencio con un aire decididamente chulesco, ante el que Daniel se desinfla en su asiento y Auguste parece crecerse en el suyo.

El profesor acusa el golpe, pero se controla. Llevamos juntos tres años y sé que se está conteniendo de soltar la vara contra mi coronilla. Me mira como reteniendo el aire y, con mucha lentitud, me dice:

—Y, ¿eso se debe a que tiene usted algo más interesante en qué ocupar su intelecto, señor?

—Creo que sí, maestro —contesto sin arredrarme.

—Está bien —concede él—, pues tendrá usted que demostrárnoslo a toda la clase. De lo contrario, me temo que tendrá que repetir curso, con el consiguiente disgusto de su padre de usted.

Daniel se rasca la cabeza y yo sé que eso quiere decir: Mierda, lo sabía.

Yo aprieto los dientes y miro alternativamente al maestro, a Auguste y a Daniel. Y contesto:

—Con mucho gusto, señor.

—Escriba una redacción, para mañana, que nos convenza de que su capacidad intelectual le sitúa por encima de todos nosotros y, que por lo tanto, puede usted prescindir de las Leyes de Mendel e incluso de la educación que su padre le costea en esta institución.

Al día siguiente, el maestro lee mi redacción con una expresión de estupor en el rostro que no augura nada bueno. Daniel se encoge en su asiento. Yo en el mío.

—Señor Marcel Proust —articula con voz de hielo, una vez que levanta la vista de la cuartilla—. En toda mi vida había leído tamaña estupidez.

Sin embargo mi rostro no delata mi inquietud.

—Es inaudito —continúa, con toda la sorna de la que es capaz— ¿De verdad cree que gracias a una magdalena y una taza de té va usted a pasar a la posteridad?

Daniel, intuitivo, me mira y sonríe.

 

FIN

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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