RELATO CORTO: SARA

 

SARA

Estaba agotado.

Damas y caballeros, dentro de aproximadamente 10 minutos tomaremos tierra en el aeropuerto de Gatwick. Por favor, abrochen sus cinturones de seguridad y coloquen el respaldo de sus asientos en posición vertical. La temperatura en tierra es de once grados y llueve débilmente. La tripulación espera que hayan tenido un feliz vuelo y les espera de nuevo a bordo…

Absoluta, total y ridículamente agotado.

Nadie le había preparado para aquello. Para ejercer de tantas cosas a la vez y no ser maestro de ninguna.

Su compañero de asiento, un escocés rubicundo y tripudo, le miró con una sonrisa complaciente, pero perentoria. ¿Vas a mover el culo? parecía decirle. Entonces, se dio cuenta de que el avión ya había aterrizado y que los pasajeros iban desfilando, con algo de dificultad debido a las dimensiones de juguete de los vuelos low cost, por el pasillo.

—Perdón, ya voy —acertó a farfullar al pelirrojo vecino, mientras peleaba con el cinturón de seguridad y recogía a toda prisa el barullo de revistas y envoltorios de chocolatina desparramado sobre sus rodillas.

Fuera llovía, ya lo había dicho la voz enlatada del avión. Y soplaba un viento de mil demonios. Eso, no lo había dicho.

Protegiéndose la cabeza con las revistas, gesto absurdo por cuanto que su pelo era ya de por sí un nido de pájaros, corrió hacia el edificio del aeropuerto para iniciar el ritual habitual, que le resultaba tan incómodo como ligeramente asalvajado: Ser de los primeros en recoger la maleta en esa absurda cinta giratoria, correr para conseguir un sitio privilegiado en la fila del taxi, pasar la siguiente hora en una abarrotada autopista, volver a mojarse atravesando Charing Cross hasta su portal y, por fin, subir a pie los tres pisos, colisionando con la maldita maleta en todos y cada uno de los noventa y dos escalones hasta el rellano de su apartamento. Obviamente, no había ascensor.

De pronto, volvió a sentirse mortalmente agotado.

Pero los primeros pasos de la tediosa serie de “cómo sobrevivir al ceremonial aeroportuario” se resolvieron relativamente deprisa y pronto se vio embutido en un taxi que olía a especias, conducido por un individuo de mirada escurridiza y maneras suaves, con colgantes de todos los colores decorando su techo y rodando a setenta millas por hora hacia Londres.

Aliviado, y resuelto a disfrutar del momentáneo oasis de paz, recostó la cabeza contra el asiento y cerró los ojos.

Sara… ella lo era todo.

Mejor dicho, le gustaría, más de lo que le gustaba el chocolate y le había gustado Cristina antes, que Sara lo fuera todo.

Pero, visto desde el momento y lugar actual eso parecía algo, cuando menos, extraño.

Acababa de dejarla en Madrid y dentro de día y medio volaría otra vez de vuelta para volver a estar con ella. Sólo día y medio.

En ese brevísimo espacio de tiempo, tenía que llegar a su casa; ducharse; deshacer la maleta ¿seguro que era necesario, o podía mantenerla en el perfecto desorden habitual?; cenar algún resto del pleistoceno que encontrara con suerte en su nevera; telefonear a varias personas; dormir, por supuesto; volver a levantarse; vestirse de Armani y correr hacia el Tribunal; ser mejor que la acusación en el caso Turner contra Fowler y ganar si fuera posible; comer con la jueza Clarisse; pasarse por Harrods a buscar eso que quiere para Sara, lo que vio en la tele y lleva apuntado en un papel porque maldito si consigue memorizar su rebuscado nombre; volver a casa; ducharse; cenar; telefonear; dormir… Y vuelta al aeropuerto.

Soltó un suspiro, tan altisonante, profundo y quebrado que hasta el impertérrito taxista le miró por el espejo retrovisor, apretando las nalgas ante el temor de que su soñoliento pasajero estuviera sufriendo un ataque de apoplejía y le jodiera la carrera, la tarde y al menos un día o dos entre comisarías y declaraciones. Él le sonrió a través del espejo para tranquilizarle “todo va bien” dijo su gesto, “sólo es agotamiento en su más cruda versión”. El taxista volvió a lo suyo y él estiró los músculos agarrotados de su espalda, curvando la zona lumbar contra el respaldo del asiento.

Sí. Sí, sí, sí. Sara lo era todo, concluyó. Lo era, porque le hacía correr de aeropuerto en aeropuerto desde que había irrumpido en su vida, hacía dos meses. Lo era, desde el momento en que todo su cansancio se esfumaba al aspirar su olor, entre agrio y dulce, y besar sus mejillas de terciopelo. Lo era cada vez que la tata que la cuidaba en Madrid la depositaba en sus brazos cada día y medio y le relataba, con su acento dominicano, la crónica de las últimas treinta y seis horas.

Lo fue, ahora lo sabía, desde el momento en el que Cristina, con la que había tenido un lío hacía un año, había parido y se había largado dejándole una nota y un paquete.

Sara era el paquete.

Y debía serlo si estaba siendo capaz, tan diminuta ella, de hacerle luchar en los tribunales, por primera vez en su vida, por algo que no fueran casos de corrupción fiscal, avales financieros, pufos inmobiliarios o suspensiones de pagos.

Media hora más tarde, aspiró por fin el olor familiar de su casa. Abandonadas maleta y abrigo se dirigió, ya con una cerveza en la mano, hacia la habitación que, hasta el momento, había sido de invitados. Sonriendo como un idiota, contempló la cuna azul con ositos blancos, la bañera cambiador y el móvil de mariposas que colgaba del techo.

El caso Turner contra Fowler era importante, sí, pero por sus muertos que conseguir la custodia de Sara lo era todavía más.

Definitiva y tajantemente, se afirmó mientras daba un trago a su cerveza, sí.

Sara, lo era todo.

FIN

Si quereis escucharlo de labios del rapsoda Luis Trébol, visitad la entrada de esta misma web: SARA, POR LUIS TREBOL

 

 

 

 

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