EN RECUERDO DEL ALZAMIENTO DEL GUETTO DE VARSOVIA. FRAGMENTO DE SEDOM: INSURRECCIÓN (Oyfshtand)

 

El día 19 de abril se conmemora el aniversario del alzamiento del guetto de Varsovia. Ocurrió entre el 19 de abril y el 16 de mayo de 1943, siendo finalmente aplastada por las tropas de las SS, bajo el mando de Jürgen Stroop. Unos pocos judios supervivientes de los tres años de horror entre los muros del guetto, encabezados por Mordejai Anilevich y ayudados por la resistencia polaca, decidieron morir luchando. Y lo hicieron. Las tropas nazis poco podían pensar que aquellos valientes, desnutridos y casi sin armas, les iban a tener en jaque durante veintisiete días. Al final, como no podía ser de otra manera ante todo un ejército provisto de tanques y aviación, fueron aniquilados. En total, unos 7.000 judíos murieron en el ataque alemán. Otros 6.000 se quemaron o asfixiaron en los búnkeres que ellos construyeron. El resto, unos 50.000, fueron enviados a campos de exterminio, principalmente al de Treblinka. Pero su memoria y su valor siguen todavía entre nosotros. El 19 de abril les recordamos.

Yo quiero hacerlo, junto con Andrzej y Yoel, compartiendo con todos vosotros este fragmento de Sedom en el que, precisamente, comienza dicha insurrección.

 

Había llegado el tiempo de la pólvora.

 

El bosque parecía salido de un cuento de hadas. Abetos espolvoreados de nieve y un esponjoso mantillo de musgo bajo los pies. El cielo blanco y pesado del día anterior había dejado paso a una madrugada diáfana, que hacía destellar los cristales de nieve y brillar las ramas salpicadas de brotes primaverales. A pesar de la ligerísima nevada que había caído sobre Varsovia, convirtiéndola, desde allí, en una bonita postal de tejados blancos, ya era abril.

Amanecía el diecinueve de abril de 1943.

—Y esto es todo por hoy: dos culatas, tres cañones y media docena de cargadores.

El muchacho entregó los once pequeños bultos al miembro del AK y a quien le acompañaba. Otto y Andrzej los distribuyeron por los múltiples bolsillos disimulados entre sus ropas, abrocharon sus abrigos a conciencia y dieron pequeños saltos para comprobar que ninguna pieza se salía de su sitio.

—¿Para cuándo el siguiente? —preguntó Andrzej.

—No antes de la semana que viene, seguramente podremos traer más piezas de la Sten y algún Vis. La cosa está movida.

—Eso es bueno. Ahí abajo también va a estarlo.

El contacto asintió y se caló la gorra. Era un chaval de apenas dieciocho años, pecoso y de pelo pajizo.

—¿Tenéis un cigarrillo?

Andrzej le dio uno. El chico se cargó el subfusil en el hombro e hizo pantalla con la mano mientras Otto se lo encendía con una cerilla.

—Gracias —exhaló el humo y miró hacia Varsovia—. Se rumorea que en el ghetto se está preparando una buena.

Otto miró a Andrzej y luego al muchacho. En un gesto nervioso, se ajustó las gafas y repasó con los dedos la abotonadura de su abrigo.

—Deberíamos volver ya, Andrzej.

Andrzej asintió pero, en lugar de moverse, sacó otro cigarrillo.

—Sí, eso parece —dijo al chico mientras lo encendía—. Van a necesitar mucho de esto —añadió luego, palmeándose los bultos bajo el abrigo.

—Ningún problema, camaradas —respondió el muchacho.

—Andrzej… —insistió Otto, intranquilo—, vámonos, no creo que sea momento de…

Un estruendo, precedido de una serie de detonaciones más pequeñas pero no menos violentas, le obligó a dejar la frase en suspenso. Alarmado, se tapó la boca con manos temblorosas para sofocar un grito y se volvió en dirección a la ciudad. También sobresaltados, Andrzej y el joven partisano giraron la cabeza hacia el origen del estallido, al pie de la suave colina boscosa. Una enorme seta de humo negro se alzaba hacia el cielo, ocultando parte de los edificios de la zona donde se había producido la explosión.

—Parece que viene justo de allí, del ghetto —dijo el chico.

—¡Es un obús! —exclamó Otto.

—No… es algo más grande —conjeturó el muchacho, haciendo visera con la mano y entrecerrando los ojos—. Un tanque por lo menos.

—¿Un tanque? —se alarmó Andrzej.

—Eso creo, y si es un obús, te aseguro que ha impactado sobre algo enorme —sentenció el muchacho—. ¡Algo realmente grande, camarada!

 

Yoel abrazó a la muchacha sentada a su lado, que temblaba sobresaltada por el fragor de la repentina explosión. Frente a él, a Gaddith se le cayó la manilla que estaba montando sobre el cañón de una Sten. En la mesa, como si fueran piezas de un rompecabezas, se extendían las partes desmontadas de subfusiles, granadas de mano y ametralladoras, alguna pistola, cartuchos, balas, paquetes de pólvora, botellas vacías y trapos. Una docena de jóvenes, chicos y chicas, se afanaban en la semioscuridad del piso clandestino, convertido en arsenal para la resistencia. Estaban en la calle Wolynska, justo en el edificio contiguo al de la carbonera.

—¿Ya? —jadeó Gaddith, recogiendo la manilla del suelo—. Ha sonado aquí mismo.

Yoel se levantó y, junto a unos cuantos, se apiñó en la ventana, intentando atisbar por entre las rendijas de los tablones que la protegían de la indiscreción y las bombas.

—Ya ha empezado… —musitó. Y luego se volvió hacia los demás— ¡Ya ha empezado!

No había sido un obús, sino un cóctel molotov lanzado por un grupo de judíos, el que había destrozado un panzer alemán. Yoel y los demás jóvenes se lanzaron a por las armas, arrancaron las tablas y, a culatazos, rompieron los cristales que aún quedaban intactos en las ventanas. Un militante de la ŻOB corría por la calle gritando que se había declarado el estado de alarma. Poco después, caía abatido a balazos.

Monumento a los héroes de la rebelión del guetto de Varsovia

 

 

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