RELATO: “YO, EL ESCRIBA”

 

 

YO, EL ESCRIBA

Ruido de cascos. Entrechocar de metales. Relinchos. Órdenes apresuradas. Voces masculinas exultantes, victoriosas. Camaradería y triunfo.

Han vuelto.

 

Borro lo escrito en mi tablilla de cera, banalidades para pasar el tiempo, y siento el hormigueo correr por mis venas. Desde el centro del pecho hasta la punta de los dedos. Y de los dedos, al estilo. La impaciencia no me da tregua. No puedo esperar siquiera a que entren en la tienda. Sólo un ritual, obligado, antes de que el estilo horade la cera: aparto su taburete de la mesa y aguardo allí en actitud solemne, por si se acerca. No es seguro que se siente nada más entrar, posiblemente no lo haga. Lo habitual es que irrumpa en la tienda junto a su compañero y, sin más preámbulos, pida la jarra de vino. Me saludará, porque nunca, ni en lo más exultante de la ebriedad del triunfo o en el vil oprobio del fracaso, olvida sus modales refinados y su exquisita educación. Pero luego, casi con certeza, se sentarán juntos en el catre de él y beberán toda la tarde. Por la victoria. O por la derrota del enemigo. O por ellos.

Más tarde se quedará solo y se dará un largo baño hasta la hora de la cena. Esta manía suya ha dejado de provocar la sorpresa de sus hombres, y la mía propia. Ya nadie se toma a guasa su ritual cotidiano de limpieza, aún en mitad del peor de los escenarios posibles. Nadie se sorprende ya de que, entre los bártulos de guerra, los porteadores hayan de cargar por toda Asia con la pesada bañera confiscada como botín de guerra a Darío. Él es así, y así nos entregamos a su persona. O estás con él, y eso implica someterse a sus singularidades, o estás contra él.

Entran ya.

Caminan juntos, a la par, casi diríase que acompasando la marcha. Él tiene el semblante serio, pero sus ojos brillan, de éxito y de agotamiento. Su quiliarca sonríe con una calma muy suya, única. En esos ojos claros siempre habitan, como en una fortaleza inviolada, la lealtad, la templanza, la más absoluta de las fidelidades. Nadie, en todo el ejército macedonio, se atreve a contradecirle.

Ambos van sucios de barro; en sus rostros los surcos negros del cansancio, los rastros de la batalla. Él me saluda con un movimiento de cabeza y una ligera sonrisa, como yo sabía que haría. Su compañero me ignora. Yo inclino la cabeza desde mi puesto en la mesa baja del rincón, junto a la suya; el reino privado donde paso los días y la vida, mi espacio. El lugar, privilegiado y mío, desde donde el hormigueo de mis dedos ya ha puesto en movimiento el estilo.

Se dirige, como casi siempre, al esclavo que aguarda sus órdenes. El mismo que, cuando Hefestion se vaya, le bañará y perfumará. El que, eficiente, ya aguardaba con la jarra de vino para los dos.

El estilo corre por mi tablilla de cera y creo que él no se ha dado cuenta. Las palabras surgen de la punta roma sin esfuerzo. Es mi oficio. Y sé hacerlo.

Ambos beben ahora, y conversan medio en susurros.

Las voces broncas del exterior han amainado al mismo tiempo que el cansancio se ha ido apoderando de los cuerpos y la nostalgia del hogar, de las mentes. Allí afuera, los hombres también beben en corros, junto a los fuegos. Algunos limpian sus espadas o sus sarisas. Otros canturrean alguna tonada soez mientras el vino va relajando sus músculos y sus lenguas. Otros ya duermen, de cualquier manera, con la misma indumentaria y la misma suciedad que trajeron de la batalla. Con la sangre reseca del enemigo sobre la piel. Sin siquiera quitarse la coraza. No es sueño, es puro agotamiento.

No puedo verles, pero puedo imaginarlos. Años de oficio me han enseñado a saber sin ver, a mirar con los oídos, a observar con el olfato, y contemplar con la imaginación. He aprendido a callar y a discernir lo divino de lo humano. He aprendido a ser invisible. Y a verlo todo.

Ellos siguen bebiendo, entregados el uno al otro, hasta que la disciplina cuartelaria les haga volver a cada uno a su tienda.

Yo, escribo.

Alejandro el Grande, señor de toda Asia, Macedonia y los reinos conquistados de Persia, algún día tu nombre será pronunciado con devoción y respeto. Hefestion, general de su ejército, amigo y amante, me resisto a nombrar el tuyo, pero sé que nada podrá impedir que brille junto al suyo.

Yo, escribano, sólo hago mi trabajo.

 

FIN

 

 

 

 

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