RELATO: DOS DULCES DELICIOSOS

 

DOS DULCES DELICIOSOS


Observo, aturdido, la pantalla y sospecho que mi expresión debe de ser la de un completo imbécil. Pero es que no es para menos.

Rodrigo Salas te ha invitado.

Asistiré—Tal vez—No

Mi dedo oscila, inseguro, sobre el ratón. No sé qué contestar y me asombro de no saberlo. Pero me asombra más todavía el hecho de estar pensando en contestar.

Rodrigo Salas te ha invitado.

Asistiré—Tal vez—No…

Me pican los ojos. Me quito las gafas y los froto con ganas y, al abrirlos otra vez, lo veo todo borroso. En parte porque casi me los saco por el cogote y en parte porque tengo cinco dioptrías en cada uno. Pero su nombre sigue ahí, y también su foto de perfil. La visión distorsionada no lo es tanto que no me permita distinguir su rostro. Es calcado al mío. Siempre fuimos iguales. Desde que nacimos.

Iguales en todo excepto en lo esencial. Yo extrovertido, Rodrigo apocado. Yo triunfador, Rodrigo segundón. Yo, un cabrón, Rodrigo un encanto. No sé por qué me extraña que él sea el preferido de todo el mundo. O que lo fuera.

Paseo la vista por toda su página, adonde me he dirigido desde la mía. Reviso los amigos, las fotos, reparto unos cuantos clicks al azar, deambulo sin rumbo por su espacio, a medias íntimo a medias desvergonzadamente expuesto.

Al fin, alcahueteo cuántos de sus contactos se han apuntado al evento y confirmo lo que presentía: Ninguno.

Cuando he recibido la notificación en el correo he pensado que se trataba de un error. Sé que el perfil de Rodrigo lleva tiempo eliminado. Yo lo hice.

También sé que ningún amigo podría confirmar su asistencia al evento. Y que es imposible que esa notificación la haya hecho él.

Por la sencilla razón de que, mi hermano, lleva dos meses muerto.

También lo hice yo. Yo le maté.

Al igual que borré su perfil en el ciberespacio, borré su faz de la tierra.

De pronto, cuando más ahínco estoy poniendo en convencerme de que todo es un estúpido error, distingo una frase que hasta ahora me había pasado desapercibida. Y que me llena la espalda de sudor pegajoso y el estómago de serpientes. Está a la izquierda, abajo. Parpadea en color rojo sangre. Mis ojos son incapaces ya de mirar hacia otro punto en la pantalla.

Online from the other side.

Escucho una risa aguda y crispada. Suelto todo el aire de golpe y siento un frío mortal bloqueando mi pecho. Me doy la vuelta, aterrado, y al instante me encojo de vergüenza. Es mi propia risa. Hasta en la voz, éramos iguales.

En línea desde el otro lado.

Es macabro y estúpido.

Un movimiento subrepticio al pie de la pantalla hace que mi mirada se distraiga al fin de la frase en inglés. Es un aviso de chat. Con una endeble sonrisa de autodeterminación, abro el globo. Estoy deseando contarle a alguien el despropósito de lo que me está pasando. Por si me aligera el miedo.

—Hola, Carlos.

Trago un nudo de pánico, en un intento de hacer pasar algo por mi garganta estrangulada. No puede ser, no puede ser…

Pero es.

—¿Vienes a mi fiesta?

Esto no tiene gracia. No debería contestar.

—¿Quién eres?

—¿Quién voy a ser? Rodri, tu hermano.

Mi hermano…

—Oye, payaso… ¿Sabes que es un delito suplantar la personalidad de un fallecido?

—¿Qué dices? ¿Quién ha fallecido, Carlos?

No me puede estar pasando esto. ¿Estoy hablando con un impostor que se hace pasar por un muerto que no sabe que está muerto?

—¿Carlos…?

—¿Qué?

—Dos dulces deliciosos dale a los miedosos.

Rodri siempre ha sido un timorato. De crío se meaba en la cama, de adolescente se mordía las uñas, y cualquier cosa que oliera a sobrenatural sencillamente era ahuyentada por él con un ridículo: “Dos dulces deliciosos dale a los miedosos”. A mí me divertía asustarle.

Por eso… no puede ser él. Él no haría esto. Ni muerto.

—¿Carlos…?

¿O sí?

Fue un accidente. Dios sabe que, aunque en el fondo de mi ser envidiaba la asombrosa facilidad de mi hermano para hacerse querer, nunca le deseé el menor mal. Cómo iba a imaginar que por una vez que no se pusiera el casco…

—Nunca me perdonarás, ¿verdad?

¿A quién, o mejor, a qué le estoy hablando?

—¿Por qué dices eso? ¿Qué es lo que tengo que perdonarte, Carlos?

—O… tal vez no quieres que yo me perdone a mí mismo.

¿Cómo iba a imaginar que la moto resbalaría al tomar la curva? La había tomado cientos de veces. Cada día.

—¿El qué, Carlos? ¿Qué tengo que perdonarte?

—Rodri, la gente cree que eres un niño bueno, encantador e irresistible, pero ¿sabes qué? Yo sé que, en el fondo, eres un rencoroso.

—Dime qué tengo que perdonarte, Carlos…

—¡Déjame en paz!

—Vale, si no quieres no me contestes ahora, pero dime que vas a venir a mi fiesta. Así hablamos.

¿Estoy gimoteando?

Son las once y veinticinco de la noche. Sé que llevo horas frente al ordenador, porque recuerdo que lo encendí después de comer. Estoy cansado, me duelen los ojos y la espalda. Mi cuello es un tronco endurecido y mis dedos parecen garras sobre el teclado. Sufro calambres en las manos y chasquidos en la nuca. Estoy empapado en sudor, el ventilador del techo apenas puede con los cerca de treinta grados de la habitación y se limita a remover el aire, recalentado y espeso, sin mucho entusiasmo.

Tengo que tomar una decisión.

Cerré el chat hace rato. Ya no soportaba seguir hablando con “él”. Desde entonces me he dedicado a vagar por la red, buscando algo que me hiciera anclarme un poco al mundo real. Intentando convencerme de que lo que parecía que acababa de pasar, era imposible.

Día y Hora: Hoy, a las doce de la noche.

Lugar: En el panteón familiar.

ASISTIRÉ—TAL VEZ—NO

Cierro los ojos y me obligo a no pensar. Pero mi remordimiento piensa por mí. Y dirige mi mano:

ASISTIRÉ.

Ya está hecho. Vuelvo a quitarme las gafas y a frotarme los ojos. Me aliso el pelo. Plancho mi camisa arrugada con las manos. Abro la ventana, por si ha refrescado algo ahí afuera. Voy a la cocina, donde guardo el bote de los caramelos.

Tengo una deuda que purgar, creo, y ésta es una noche tan buena o tan mala como cualquier otra para hacerlo. Y, en todo caso, ya no hay vuelta atrás. He pulsado ASISTIRÉ.

Ya en el recibidor, cojo el casco de la moto. Lo siento en mi mano, suave y rotundo.

Yo sí lo llevaba. Rodri no. Le dije que no hacía falta, que sólo íbamos a la vuelta de la esquina.

Vuelvo a mirarlo. Negro. Brillante. Protector.

Despacio, lo dejo otra vez en su lugar, en el armario. No me hace falta. Sólo voy a la vuelta de la esquina y, además, hace calor. Tomaré con prudencia la curva.

¿Lo haré?

Acaricio en el bolsillo de mi pantalón los dos dulces deliciosos que he cogido del bote. Mi hermano me espera.

Siempre iguales… en todo.

FIN

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