RELATO: ¿JUGAMOS?

 

 

 

 

¿Jugamos?

 


—Ahora la tuya.

Itzjak remoloneó un poco y, al fin, se bajó los pantalones hasta las rodillas.

—Alá sea loado. Es…graciosa.

—¿Graciosa? —el pequeño bajó la mirada y observó su diminuto miembro circuncidado.

—Pues anda que la tuya… la tuya es…humm… —quería protestar, pero no se le ocurría nada.

—¡Normal! —declaró Khalel, agitando triunfal entre los dedos su pene de siete años—. La mía es normal.

El retumbar de una explosión cercana les hizo dar un respingo y subir a la carrera sus respectivos pantalones. Estaría fatal morirse con el culo al aire.

Khalel soltó una risotada un poco nerviosa cuando a Itzjak se le enganchó la cremallera y se puso del color de una granada madura, hasta que consiguió subírsela.

—Bueno —dijo cuando logró dejar de reír—, ¿y si jugamos a algo? Mi madre me ha dicho que no llegue tarde.

—Vale. ¿Al dreidl? —Itzjak metió la mano en el bolsillo de su pantalón y sacó la peonza de madera de la última fiesta de Januca, pintada en un exagerado verde loro.

—¡Vale! —aceptó Khalel encantado.

Los dos se sentaron en el suelo con las piernas cruzadas. Khalel se acomodó la kefiyah sobre los hombros e Itzjak ajustó su pequeña kipá en la coronilla, que había quedado un poco torcida desde el susto de la cremallera. Luego, se afanaron en amontonar piedrecitas entre los dos.

—¿Te acuerdas de las reglas?

Khalel asintió y formó tres montones con los pequeños guijarros en el suelo polvoriento, dio uno a Itzjak, se quedó el otro para él y  puso el tercero en el centro.

—Vale, tiras tú —dijo Itzjak ofreciéndole el dreidl. Khalel lo miró, girándolo entre sus dedos.

—¿Por qué hoy es verde? El otro día trajiste uno de colores.

—Tengo muchos —presumió Itzjak—. No sé por qué es verde. Será porque me lo regaló mi tía y tiene un sofá verde. Y también una cocina pintada de verde.

—Ah…

Conforme con la explicación, Khalel lo hizo rodar por el suelo, entre los dos.

¡SHIN! Me llevo dos.

—No te llevas, pones dos, cabeza de datilera.

Juru

Itzjak sonrió, dejando a la vista el hueco de sus dos desaparecidos dientes de leche mientras Khalel ponía dos piedrecitas en el montón. Seguro que, delante de su  madre, Khalel no decía mierda. Claro que él tampoco delante de la suya. Alargó la mano y cogió la peonza del suelo.

—Me toca —Itzjak hizo girar el dreidl con habilidad. La Hei le dio derecho a llevarse la mitad. Khalel miró el menguado montón, desolado.

—Ahora a mí.

La peonza dijo Guimel, así que Khalel pegó un bote de alegría y se puso de pie. Itzjak gruñó un poco por lo bajo; ahora sí que le apetecía a él decir jara.

—Todo, todo, todo…—canturreaba Khalel, mientras contoneaba las caderas. En cuanto sintió la mirada fija de Itzjak sobre él, empezó a sentirse un poco ridículo. Seguramente su amigo estaba pensando que parecía una hurí trastornada, a pesar de su “normal atributo”.

—Siéntate o no vale, Khalel. Si se baila se pierde.

El pequeño se sentó rápidamente.

—Y eso, ¿dónde lo pone?

—Lo dice Adonai, en la Thorá.

Khalel miró a su amigo con una de esas miradas suyas, de las que hacían que Itzjak se pusiera rojo sin necesidad de que la cremallera se le atascase.

—¡Anda ya!

Pero arrasó con todas las piedras, por si acaso.

—Bueno…— rectificó Itzjak, que, efectivamente, se había puesto bastante colorado—, a lo mejor lo dice… un poco. ¡Me toca!

Los guijarros fueron y vinieron, del centro al hueco entre las piernas de Itzjak y del centro al faldón de la camisa de Khalel, durante un buen rato. Dos o tres explosiones más, hicieron que los niños se llevaran las manos a la cabeza y cerraran los ojos con fuerza, pero, una vez pasados los sobresaltos, siguieron jugando. Al cabo de una hora, más o menos, y cuando Itzjak iba ganando casi por veinte a uno, Khalel bostezó. Su amigo, al verlo, se rascó la oreja.

— Khalel… jugar a ganar o perder piedras es un poco tonto, ¿no?

—Ya te digo…

Los ojos azules, herencia de muchas generaciones de judíos askenazies, se clavaron en los negros que, Khalel lo ignoraba, provenían de la inmortal Persia.

—¿Cambiamos?

—Vale.

—¿Jugamos a casarnos?

Khalel agachó la cabeza y jugueteó con la tira rota de su sandalia.

—A mí me gusta ese juego Itzjak, pero no podemos casarnos.

—Todo el mundo puede casarse.

—Nosotros no.

—¿Y por qué no? ¿Porque somos pequeños?

—Claro, pero creo que por algo más.

—¿Por qué más?

Khalel se encogió de hombros. Itzjak siempre estaba preguntándolo todo, sobre todo cosas raras.

—¿Por qué más? Di. ¿Porque los dos tenemos pito?

—A lo mejor. Creo que eso es bastante importante.

— Pero… tú me caes bien.

—Ya…

—Y nuestros pitos son diferentes. ¿Eso no cuenta?

—Ya… —repitió Khalel, dubitativo—. Podría valer.

—¿Entonces?

—No sé. A lo mejor es justo por eso. Porque son diferentes.

—Vaya… — Itzjak se mordió el labio, mientras se entretenía en girar el dreydl en la palma de su mano—. Oye, ¿y si cuando seamos mayores se vuelven iguales?

Otra vez preguntando cosas difíciles. A veces, Itzjak era un plasta.

—Cuando seamos mayores…—Khalel decidió abandonar su actitud indecisa y adoptó un aire de adulta suficiencia, no fuera que Itzjak pensara que no sabía contestar. Al fin y al cabo, le llevaba cuatro meses—, ya no podremos enseñarnos el pito más.

—Ah…

—Así que, si se vuelven iguales, me tendrás que llamar por teléfono para decírmelo.

Le miró fijamente con sus enormes ojos oscuros, contento con su plan. Itzjak sonreía, pero era una sonrisa pensativa. Itzjak siempre estaba pensando.

—Vale, pero… ¿Y si el que cambia es el tuyo? —dijo por fin.

—Pero el mío es normal, cara de higuera. ¿Cómo va a cambiar?

—Vale, pero si cambia… ¿me llamarás también?

Khalel estiró las piernas, se le estaba durmiendo la derecha.

—Vaaale… si se vuelve gracioso, te llamaré.

Itzjak volvió a sonreír, mucho más tranquilo. Una ráfaga de aire volvió a descolocar su kipá, y se la reajustó antes de que tuviera que salir corriendo detrás de ella. Tenía que acordarse de pedirle horquillas a su hermana.

—Khalel… —de pronto se le había ocurrido algo bastante más trascendental que esa cosa del cambio.

—¿Hum…?

— ¡Tengo pistachos!

—¡Dame! —palmoteó Khalel.

El montón de piedras fue barrido sin contemplaciones y sustituido por la docena de pistachos sudados que Itzjak sacó del bolsillo de su pantalón.

—Podíamos haber jugado con esto y no con piedras, mameluco.

—Es verdad —concedió Itzjak, masticando feliz—. Pero no me acordaba; me los dio mi hermana esta mañana, antes de ir al cole.

Esta vez la explosión fue más fuerte. Había sonado hacia el este y, por lo que les pareció, demasiado cerca. Itzjak tragó a toda prisa el pistacho que tenía en la boca, y miró a su amigo.

—Me parece que a lo mejor tenemos que irnos.

—Si. Me parece que sí. Seguro que mi madre ya está pegando gritos por las puertas de las vecinas.

—Y la mía llamando a mi tía, le dije que iba a su casa.

—¿La del sofá verde?

—Sí, ésa.

—Jo…

Itzjak empezó a repartir los pistachos, uno para Khalel, otro para él, uno para Khalel, otro para él, y así hasta que sólo quedó uno. Los dos lo miraron, solitario en el suelo.

—¿Nos lo jugamos al dreidl? —propuso Khalel.

Itzjak recogió el dreidl del suelo y miró las letras en sus costados. Sólo la Guimel daba derecho a llevárselo todo.

—Vale, pero… ¿quién tira primero?

Khalel meditó. Si tiraba él y salía Guimel, genial. Pero si tiraba Itzjak y también salía Guimel, se llevaría el pistacho. Si tiraba él y salía Nun, la había cagado. Si era Itzjak, ganaba él. Pero si salían Shin o Hey… como sólo había un pistacho, no podían hacer nada. Hecho un embrollo de letras hebreas y posibilidades inquietantes, resopló y miró a su amigo. Tener sólo un pistacho era un lío, un verdadero quebradero de cabeza.

—Guárdalo tú —resolvió—. Mañana pensamos.

—Vale —aprobó Itzjak, guardando el pistacho en un bolsillo aparte, contento de haber resuelto un problema. Pero aún quedaba otro —. Oye, Khalel…

Ya se habían levantado y se sacudían los pantalones llenos de polvo. Khalel miró a Itzjak con resignación y, preparado para responder a su millonésima pregunta estrambótica, respiró hondo.

—¿Qué?

—Al final, ¿podemos jugar a casarnos, o no?

Khalel frunció los labios.

—Yo creo que… —empezó. Pero la mirada azul de Itzjak hizo que se tragara lo que iba a decir y que, en su lugar, dijera justo lo contrario—, que sí.

—¿Y cómo?

—No sé. Pero esta noche, en mis oraciones, se lo preguntaré a Alá. Y seguro que lo arregla, Itzjak.

Itzjak sonrió. La detonación, más cercana que ninguna, pareció poner pólvora en los pies de ambos e, impelidos por la prisa y el susto, echaron a correr cada uno en una dirección. Antes de torcer en la esquina de la calle, Itzjak se volvió y gritó hacia su amigo.

—¡Nos vemos mañana! ¡Yo también se lo preguntaré a Adonai esta noche! ¡Y seguro que hace algo también, Khalel! ¡Seguro!

Khalel levantó el dedo pulgar.

—¡Ya te digo!

Mientras corrían en sentidos opuestos, cada uno hacia una vida que, ellos aún no lo sabían, no incluía al otro, las risas de Khalel y las preguntas de Itzjak quedaron allí, revoloteando en el suelo reseco, junto a un puñado de cáscaras de pistacho, casquillos de bala y guijarros sin dueño.

Junto a un montón de juegos imposibles.

 

FIN

 

 

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