Vals Triste, un pasaje de Sedom con música, para vibrar de emoción

 

 

Este es uno de los pasajes de la novela que más me gustan. Que más disfruté escribiendo, que he releído docenas de veces, que recomiendo degustar con detenimiento y una especial introspección. Es una escena que contemplo, hechizada, como si estuviera ocurriendo delante de mí y que no quiero dejar de ver jamás. Amo este momento de Andrzej y Yoel. Disfrutadlo conmigo:

Abrid el enlace para que suene la música (empieza muy bajita, no es que no funcione).

Vals Triste

“El aire olía a hierba. El atardecer era de terciopelo y ellos estaban sentados en unas sillas de madera, rodeados de gente, en la veintitantas fila de una formación de otras tantas sillas, en la pradera del parque. Era uno de aquellos conciertos que entusiasmaban a Yoel y a los que Andrzej se iba acostumbrando por puro y simple enamoramiento. Desde que había empezado, estaba dedicando casi todo su empeño en no bostezar, cosa que se le había hecho especialmente difícil en la pieza que acababa de finalizar. Ni siquiera había leído el título en el programa, aunque sí el autor, por eso sabía que era algo de Brahms. Yoel, sin embargo, aplaudía entusiasmado. Sonriendo de oreja a oreja, se hizo oír entre la barahúnda de aplausos: La siguiente me gusta mucho. Andrzej también sonrió y quiso mostrar interés abriendo mucho los ojos y sentándose muy tieso en la silla. Se hizo el silencio y la orquesta se preparó de nuevo.¿Cómo se titula? susurró Andrzej. El Vals Triste, de Sibelius, respondió Yoel mirando al frente, todo su ser preparado para absorber cada nota y cada compás. Andrzej asintió y, de reojo, miró el programa. Suspiró, aún quedaban tres piezas más. Pero la tarde era hermosa, se consoló, y la música, si bien no le entusiasmaba, resultaba agradable. Y sobre todo, Yoel disfrutaba como un niño en una fiesta de cumpleaños. Respiró hondo y decidió que al fin y al cabo, merecía la pena estar allí.

Al poco de comenzar los primeros compases, sintió que Yoel le tironeaba de la manga. Estoy escuchando, protestó en voz baja, creyéndose recriminado. Ya lo sé, tonto, sígueme. Estaban sentados en un lateral y no tenían más que levantarse para salir del espacio del concierto propiamente dicho. Andrzej fue literalmente arrastrado más allá del rectángulo de sillas y conducido detrás de unos arbustos. ¿Qué pasa? Un compacto círculo de setos y árboles pequeños les cobijaba de las miradas de ocasionales paseantes y del público del concierto. La música se oía desde allí incluso mejor que desde sus asientos. Le pareció a Andrzej más viva, más real. Rió, nervioso como un niño que acaba de adivinar que su compinche está planeando una travesura, y entusiasmado, quiso abrazarle para compartir la fechoría. Pero Yoel le obligó a permanecer retirado y a adoptar una actitud de lo más formal. Andrzej obedeció, absurdamente feliz.

Mientras tanto, el vals cobraba fuerza. La melodía, al principio mansa y casi imperceptible, había ido creciendo en intensidad y era, en ese momento, vibrante; el corazón de Andrzej se iba enardeciendo al mismo tiempo, al unísono con la cadencia, con el ritmo conmovedor del tres por cuatro. El de Yoel hervía en un cosquilleo de excitación. Toda su vida había querido hacer eso. Justamente eso. Trascendental, ejecutó una reverencia elegante. Andrzej le imitó, quedando la suya un tanto recargada. Fue consciente de su exageración, se encogió de hombros y puso cara de circunstancias, Nunca he hecho esto, dijo, apartándose el remolino de la frente, bueno, sólo una vez y fue horrible.Yoel sonrió. Ya recuerdo esa vez.

Trastabillaron sus manos al ir a encontrarse, entre la duda de quién de los dos haría el papel de dama y quién de caballero. Yoel enseguida disipó la incertidumbre. Posó la suya sobre el hombro de Andrzej y éste le correspondió cogiéndole de la cintura.

Estás guapísimo, Mitziyeh.

Tú también, Andrei.

Una vez acomodadas manos y piernas, y colocados con cuidado los pies para no pisarse antes de empezar, Yoel empezó a moverse y Andrzej a seguir sus pasos, envarado. Paso, paso y vuelta; paso, paso y vuelta. Yoel miró a Andrzej y sonrió, travieso y emocionado. El principio fue más bien un desbarajuste de traspiés, disculpas y pisotones. Risas nerviosas y esfuerzos torpes por encontrar una cadencia que se les resistía. Rubor en el rostro de Andrzej, cuando el inquietante fogonazo de pensar que podían ser descubiertos pasó por su mente. Efervescencia radiante en el de Yoel.

Pero, sin saber cómo, Andrzej olvidó que alguien podía verles y que sólo había bailado un vals en su vida, y Yoel empezó a sentirse como si lo hubiera hecho cientos de veces. Andrzej pasó de dejarse llevar a conducir con firmeza a Yoel. Su mano se hizo fuerte y su paso seguro y flexible.  Y Yoel se dejó ir, como tantas veces, en manos de Andrzej, atrapando por fin entre los dos la esencia de la música, de sus cuerpos y sus respiraciones. De la juventud y la frescura de aquel momento, mágico y excitante, recién estrenado. De su propia existencia.

Acabaron tirados en la hierba, el programa olvidado en el bolsillo trasero del pantalón de Yoel, besándose con excesivo ardor y bastante imprudencia, e ignorando a Haydn, que, después de Sibelius, sonaba ya muy lejos de ellos, allá en el rectángulo de sillas de madera. Demasiado ocupados en ese momento para otra cosa que no fuera jugar con el amor que, escondido tras los arbustos al igual que ellos, retozaba entre sus cuerpos jóvenes, se enredaba en sus manos y brincaba en sus labios.

Andrzej cerró los ojos. Yoel tarareaba bajito y él conseguía acompañarle en los compases que más le sonaban. Paso, paso y vuelta. Paso, paso y vuelta. El roce de sus botas contra el cemento, las explosiones y las sacudidas de las paredes, no les hicieron tropezar, ni pisarse. El acople había sido perfecto desde el principio. Esta vez no había habido titubeos ni dudas. No habían tenido que decidir el papel de cada cual. Yoel no había necesitado guiar a Andrzej en los pasos, ni Andrzej había tenido que soportar el sonrojo en su rostro. Sólo el dolor y la extenuación hacían que su danza no fuera tan airosa como lo había sido entonces y que no hubiera risas, ni lentejuelas en sus miradas, ni tersura en sus mejillas. Andrzej sujetó con firmeza a Yoel cuando le sintió flaquear a causa del martirio de su pierna herida.

El impacto de otro proyectil retumbó con fuerza. Bailaban juntos por segunda vez en su vida. Y volvía a sonar el Vals Triste de Sibelius. Yoel jadeaba ligeramente, tal vez de dolor, o de cansancio, pero seguía tarareando. Andrzej le susurró palabras tiernas al oído y le abrazó más fuerte, como para no dejarle salir del ensueño. Su propia mano era un tormento pulsátil, el aire no olía a hierba, y su garganta clamaba, reseca, por un sorbo de agua. Pero bailaban. Cojeando, sin espacio, sin luz y sin risas. Sin ropa nueva ni cabellos limpios. Sin la caricia de la brisa tibia en sus rostros.

Sólo bailaban. Andrzej le besó con ternura y acarició su pelo.

—Sabes que te quiero, ¿verdad Mitziyeh?

—Es todo lo que sé en este momento, lib.

El vals imaginado acunó su intimidad y les permitió abandonar la cárcel sombría y estrecha de la carbonera, el ghetto, la guerra. No era fácil. Los sentidos se oponían al vuelo del alma, anclándoles con terquedad en el olor a pólvora, el fragor de la batalla, la humedad y el dolor, el sabor a vacío del hambre y del miedo.

Cuando Yoel calló y, con su silencio, también los violines enmudecieron, se quedaron muy pegados el uno al otro, inmóviles, respirando al unísono, los ojos fuertemente cerrados. Sin prisa alguna por abrirlos y volver a mirar lo que les rodeaba. Ni por regresar a lo que les esperaba.

Por fin, se separaron, muy despacio. Se miraron, abatidos. Se cogieron las manos y se las apretaron con fuerza. Se soltaron.

Yoel dejó escapar el aire en un suspiro, se agachó con esfuerzo y cogió su Sten, se la colgó del hombro y permaneció un momento de pie, en silencio, escuchando los rugidos del combate en la calle. Luego miró a Andrzej.

—¿Vamos?

Éste quiso abrazarle de nuevo, pero en lugar de eso le dedicó una sonrisa leve, triste, un guiño de amor casi imperceptible. Sin hablar, cogió también la ametralladora y la Walther, que le pasó a Yoel, y asintió.

—Vamos.”

 

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Comentarios
4 Comentarios de “Vals Triste, un pasaje de Sedom con música, para vibrar de emoción”
  1. C.O. dice:

    Os recomiendo una obra de Schönberg que se titula “Un superviente del gueto de Varsovia”. Es breve, unos 7-8 minutos, pero es estremecedora.
    Saludos a todos.

  2. Precioso párrafo y entrañable vals. Puedes verles bailar rodeados del horror y la muerte, mientras suena la música y se miran llenos de amor. ¡Maravilloso!

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