“Mein ObersturMführer ”. Invierno de 1940

Andrzej hizo un gesto irónico, pero al ver entrar a Otto se tragó a tiempo la maldición que estaba a punto de soltar. El chico regresaba con la copia del listado y se la entregó solícito, luego, se sentó en silencio ante la máquina de escribir y se ajustó las gafas sobre la nariz.

—Bien… Luego discutiremos sobre lo que ha traído Gaddith —dijo Vladyslaw mirando de soslayo a Andrzej. Éste se guardó el listado en el bolsillo y se dedicó a escuchar a Vladek con el ceño fruncido—. Parece claro que, como dice, ésta es la última vez que va a poder salir del ghetto. Si las noticias se confirman, en dos días cierran las entradas. Deberíamos pensar en alguna alternativa para conseguir información.

Otto tecleó y se quedó mirando al resto, obviamente sintiéndose al margen de lo que implicaba la propuesta de Vladyslaw.

—Entraré yo —todos se volvieron a mirar a Andrzej.

Vladyslaw resopló con fuerza.

—Suponía que ibas a ofrecerte, pero… tal vez no seas el más adecuado.

—¿Por qué?

—Bueno… Yoel está allí y…

—Precisamente. Yoel esta allí. ¿Dónde ves el problema, Vladek?

—Eso podría impedirte ser neutral.

—¿Crees que hay que ser neutral ante lo que ocurre?

—Sabes a qué me refiero.

—También tú sabes a qué me refiero, Vladek. Sabes que los partidos no se ocupan de ellos. De los que están dentro.

—¡No digas eso, Andrzej! —objetó Fialka—. Claro que se ocupan.

—No lo suficiente, Fil. Y no creo necesario explicar que tengo muy claros los principios que he jurado obedecer dentro de nuestra organización. Pero da la casualidad de que yo, además… tengo otros frentes en los que luchar.

—Ninguna organización de la resistencia polaca dejará solo al ghetto —afirmó Vladyslaw contundente.

—No voy a quedarme sentado para comprobarlo, Vladek.

—¿Qué quieres decir?

—Lo que ya he dicho. Que voy a entrar. Que voy a actuar por mi cuenta.

—¿Cómo? —inquirió Vladyslaw, al borde de perder la paciencia.

—Usando sus mismas armas. Soy un Volksdeutsch, ¿sí o no?

—Andrzej… —Otto, que hacía rato había dejado de teclear, se volvió hacia él, alarmado—. ¿En qué estás pensando?

—Ya te he dicho antes que no debías preocuparte. Pero mírame y entiende una cosa —Otto obedeció y le miró, Andrzej endureció su tono—. Mi prioridad… está allí dentro.

—Yoel…

—Exacto —se volvió hacia sus compañeros, con un brillo desafiante en la mirada.

Otto no volvió a replicar.

Los demás, pensaran lo que pensaran, hicieron lo mismo.

 

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