Tsutsheppenish

Yoel hizo pantalla con la mano para proteger sus ojos del sol. El ruido de las paletas rascando el cemento era el único sonido aquella mañana de junio en la calle Piwna. Al final, los temores de Hannah, los chismes de Tzeithel y las noticias de Dorota habían resultado ser una aplastante realidad. Allí estaba el muro. Frente a él varios hombres se afanaban en silencio; colocaban ladrillos, alisaban el hormigón y remataban la parte superior con fragmentos de cristales rotos. Ya no era necesaria la mentira de la epidemia. Tres metros de altura erigidos en nombre del Reich iban a rodear todo el barrio judío, desde Stawki a Sienna y desde Okopowa a la sinagoga de Bielanska. Su casa y la de Gaddith quedarían casi en el centro de la parte norte.Andrzej no necesitaba la mano como visera. Se encontraba del otro lado, unas calles más abajo, y el sol le daba de espaldas, proyectando su propia sombra sobre el suelo, muy cerca del muro. De momento, eran todavía tramos sueltos, unos veinte alrededor de todo el perímetro del barrio. Aún no se habían levantado los dieciocho kilómetros que, nadie lo sabía todavía, dejarían la zona incomunicada por completo en el mes de noviembre.

Contemplar impotente cómo, día a día y ladrillo a ladrillo, aquel pedazo de Varsovia iba quedando sitiado, le espoleaba el alma y le hacía palidecer de cólera.Desde la noche de marzo en que había despedido a Yoel en la calle Leszno, se habían visto en contadas ocasiones, a menudo ocultos y siempre bajo una sensación de amarga presión. La estrella que Yoel se veía obligado a llevar, y los rasgos indiscutiblemente arios de Andrzej, eran motivo suficiente para no poder dar ni dos pasos juntos en público sin exponerse a que les interceptaran. Así que tenían que circular como si no se conocieran. Vigilándose uno a otro entre el gentío para no perderse de vista; controlando Andrzej su furia cuando Yoel era obligado a apartarse si se cruzaba con civiles arios, o a izar el brazo si eran militares; o tragándose la cólera cuando de vez en cuando su amado tenía que soportar golpes o humillaciones en plena vía pública. Cuando aquello pasaba, Andrzej disimulaba y apretaba los puños y los dientes, forzando a su naturaleza a permanecer bajo control. Imaginaba que les hacía tragar los fusiles o que se los clavaba sin contemplaciones en mitad de la frente y así conjuraba el irresistible deseo de hacerlo de verdad. Algo que hubiera empeorado mucho las cosas para él, pero sobre todo para Yoel.Cuando llegaban por separado al piso de Gaddith, Andrzej ardía de odio y Yoel de rabia.Subían los escalones en silencio, abrían la puerta con urgencia y se dejaban caer, abrazados y temblando, sobre la cama. El deseo tardaba en llegar. Antes era necesario amarse. Amarse sólo con la mirada, con el roce de las manos sobre las mejillas y los labios sobre los labios. No decirse nada, de momento. Abrazarse muy fuerte, como si esa fuera la última oportunidad de hacerlo. Olerse. Besarse.

Comprobar y dejar que el otro comprobara que el amor seguía allí, imbatible, valiente… grande. Y que también ellos seguían allí, que todavía eran los mismos.Después, cuando saciada el ansia de abrazos se iba imponiendo el ansia de piel, se desnudaban mutuamente. Sin prisa. Entre las cuatro paredes del dormitorio de Gaddith el tiempo se detenía, la guerra no existía y el mundo exterior quedaba relegado al olvido. Sabían que los días de intimidad estaban contados, que serían difíciles y escasos en cuanto el muro se cerrara. Y los dos aplazaban para más tarde el espinoso asunto de cómo harían entonces para verse, y se adueñaban con avidez del cuerpo del otro.

Yoel bajó la mano que le protegía los ojos y dio media vuelta, abatido. Se paró frente a una escuálida vendedora de boniatos que protegía su mercancía con una jaula de alambre y, rascando los últimos céntimos de su bolsillo, le compró tres. Su madre cocinaría algo más o menos decente para la cena entre eso y lo que consiguiera de las sobras del restaurante donde trabajaba.Con las hortalizas envueltas en papel de periódico y el ánimo cada vez más arrastrado, se dirigió a la sastrería. Sólo eran las siete de la mañana, pero la calle bullía de gente, extrañamente silenciosa. Todo el mundo parecía tener algo que hacer o alguien con quien encontrarse en el otro lado. Iban y venían de la zona judía a la zona aria con premura. Como si hubiera que ultimar muchos detalles, hablar con muchas personas y memorizar muchas imágenes. La sensación de urgencia era apabullante. Yoel también la tenía. Urgencia por ver a una sola persona del otro lado. Por apurar el tiempo y dilatarlo al máximo. Y hacerlo suyo, y dejar de sentir que se le escurría entre los dedos sin control, como el humo o la lluvia…

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