“Mein Obersturmführer ”

—¿Cómo puedes decir eso? Son niños.

—¿Niños? —repitió Gaddith con sorna— ¿Y qué? Son judíos, Yoel. Un montón de pequeños granos en sus culos arios. Si se mueren ahí dentro nadie llorará. Al contrario, respirarán aliviados.

—Ellos sí, pero me niego a pensar que la gente normal es así también, los polacos, nuestros vecinos de siempre. De todas formas haz que se enteren ahí fuera —insistió, testarudo—. Quiero que todo Varsovia lo sepa.

—Lo sabrán —le aseguró ella—. Pero para eso debo irme ya, tengo que salir antes del toque de queda.

—Dile a Majla que no podré ir esta noche, mi madre quiere hacer una especie de celebración, por lo de los gemelos —Gaddith asintió y se abrochó el abrigo mientras Yoel la acompañaba hasta la puerta—. ¿Vas a salir hoy? —le preguntó.

—Sí, me esperan en el piso de Vladyslaw. Les pasaré tu denuncia —suspiró—. Mucho me temo que ésta sea mi última salida al exterior.

—Ten mucho cuidado fraylin —Yoel la abrazó y a través de la ropa pudo sentir lo delgada que estaba—. Y… si ves a Andrzej… —susurró, asegurándose de que Abraham no les escuchaba.

—Sí, sí… descuida. Le diré a tu alemán…

—Polaco…

—Polaco. Le diré lo mucho que le quieres, que te acuerdas de él a todas horas, que tenga cuidado, que se abrigue…

Yoel sonrió y le acomodó la bufanda sobre el cuello, tapándole las orejas y la barbilla.

—Dile también que intentaré estar mañana en el paso del Tribunal, a las dos.

—Yoel… es peligroso.

—¿Y me lo dice quien va a salir del ghetto para reunirse con la gente de la resistencia?

Gaddith refunfuñó algo por lo bajo, se retiró la bufanda de la boca y miró a Yoel con expresión contumaz.

—Necesitamos contactos fuera y una mujer siempre despierta menos sospechas. Y te recuerdo que entre esa gente está tu Andrzej.

—De acuerdo, pero sigue siendo más peligroso lo que tú haces que ir al Tribunal.

—El Tribunal estará lleno de alemanes —insistió ella.

—¿Y qué no está lleno de alemanes hoy día en Varsovia? Tal vez sea la última oportunidad, Gaddith. ¿Se lo dirás?

—Me lo pensaré —concedió ella con una sonrisa, mientras se calaba los guantes.

—Gracias.

Yoel le dio dos besos y la despidió con la mano cuando ella se volvió a mirarle desde el centro de la calle. La contempló cruzar con su forma tan peculiar de andar, a grandes zancadas y, después de asegurarse de que ninguna patrulla la interceptaba, regresó al interior de la tienda.

 

 

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