“Seuchensperrgebiet”

Dos horas más tarde, Andrzej esperaba en la calle, a unos metros de distancia del portal de Gaddith. Cinco minutos después, para evitar que nadie les viera salir juntos se le unió Yoel. Marzo se presentaba desabrido y los dos sintieron un escalofrío cuando una ráfaga de viento les revolvió el pelo y las ropas. Yoel se ajustó el abrigo, en cuya manga derecha destacaba el brazalete. Ya no podía dejar de usarlo como al principio, en que la vigilancia era más relajada; ahora el celo de los invasores se había endurecido y hubiera sido una peligrosa insensatez para él y para su familia desobedecer las órdenes del Reich. En silencio, echaron a andar por la calle Niska hacia Bielanska y pasaron el resto de la tarde dando vueltas por el parque Sashsischer, medio desierto debido al  frío y a las pocas ganas de salir de paseo de la mayoría de la gente.

—Tengo que volver ya, Andrzej —dijo al fin Yoel, contemplando cómo el sol iba escondiéndose al otro lado del río—.  Mi madre está muy preocupada por lo de esos letreros que han aparecido en los alrededores de la Jüdischser y no le gusta que llegue de noche.

En los límites del barrio judío, decenas de carteles habían sido fijados hacía una semana con la leyenda “Seuchensperrgebiet”. Hannah tosía con más fuerza y más desasosiego que nunca desde entonces y no conseguía descansar, ni de día ni de noche. Ataba corto a sus hijos y se moría de nervios si no estaban de regreso en casa mucho antes del toque de queda.

—“Zona de epidemia” —murmuró Andrzej irritado al recordar la advertencia. Echaron a andar hacia la parada del tranvía—. ¿Qué más van a inventar? Epidemia… ¿de qué? Todos saben que es mentira, que no hay ninguna epidemia.

—Claro que no la hay, excepto la que supone nuestra propia existencia. He oído que en otras ciudades están organizando deportaciones a una especie de campos de trabajo…

—Calla, Yoel. Eso son habladurías. Y aun suponiendo que no lo fueran… siempre podemos irnos de aquí.

Yoel se paró frente a Andrzej y le miró fijamente.

—No tienes que intentar animarme a base de fantasías, Andrei. Los dos sabemos lo que pasa desde hace tiempo en Alemania. Y lo que está pasando en otros lugares de Polonia. Pronto Varsovia no será una excepción. ¿Adónde íbamos a ir?

—De momento, a casa —Andrzej apretó el paso dando por zanjada la conversación. Su angustia era tan desbordante que no soportaba que Yoel le hablara con semejante serenidad de lo que, intuía, tan sólo era el preludio del horror que estaba por llegar. Si hoy era esa invención de la epidemia, mañana… ¿qué sería?

Yoel le siguió al trote, a veces su compañero se cerraba como una maldita ostra y entonces él tenía que hacer acopio de toda su paciencia.

—Pero Andrzej… dime qué ganamos cerrando los ojos. Todos nosotros deberíamos estar preparados, dejar de repetir que son habladurías como si el hecho de decirlo en voz alta fuera a confirmarlo. La gente en mi barrio no quiere saber, le asusta enterarse, y cuando sea demasiado tarde, entonces…

—¿Entonces qué? —saltó Andrzej—. Yoel… —su voz sonó severa y al tiempo estremecida—. Mitziyeh, por favor… sé que debo parecerte un imbécil pero… ahora no quiero hablar de esto.

—Pero… ¿Por qué?

Se detuvieron en plena calle, los viandantes presurosos por volver a casa antes de que oscureciera les empujaban al pasar, renegando de esos dos jóvenes parados justo en mitad de la acera, increpándoles para que se apartaran. Andrzej agarró a Yoel por los brazos y ocultó con la mano el distintivo de su manga, en previsión de que apareciera una de las patrullas alemanas que peinaba las calles y se preguntara qué hacía alguien tan ario tan cerca de un judío.

Le miró con tristeza y suspiró.

—Es por mi padre…

—¿Qué le pasa? ¿Está enfermo?

—No. Es…

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