Sedom, una novela de Marisa Rubio

Varsovia, 1940. Los planos del muro del ghetto se van dibujando al tiempo que se abren camino las voces de la intolerancia. Nadie podrá permanecer ajeno a ellas. Mientras los ladrillos elevan el muro que encierra la “zona de epidemia”, los acontecimientos comienzan a sucederse sin tregua, desgarrando las vidas de miles de personas. Las de Yoel Bilak y Andrzej Püschel entre ellas.

No es igual de comprometido ser judío a secas, que ser judío, homosexual y novio de un polaco alemán. Eso ya roza el disparate de los riesgos que uno debe asumir en la vida”, le había dicho su amiga Gaddith a Yoel.

A pesar de todo, Andrzej y Yoel vivirán la intensidad de  una relación inconveniente en la oscuridad de un tiempo y un lugar equivocados.

Llevada por el transcurrir de la Historia, la novela relata el amor prohibido y oculto entre estos dos jóvenes y el grito colectivo del personaje histórico, el Ghetto, que sobrevive a la propia vida y convulsiona bajo el yugo nazi que lo despedaza. Los amantes resisten en medio del hambre, las deportaciones, el hacinamiento, el cierre de los negocios o la implacable presencia de la enfermedad y la muerte.

Sin embargo, pese al dramático contexto, las páginas de la novela se ven también impregnadas de un espíritu de ánimo y resistencia, del humor amargo e irónico de tiempos aciagos y de la velada esperanza que se mantiene a salvo entre los muros de esa Sedom, de ese refugio que Andrzej y Yoel consiguen preservar hasta el final. Porque Sedom está allá donde vosotros estéis, y volveréis a levantarla cada vez que caiga. Porque Sedom es, en cualquier caso, vuestro hogar”.

RELATO “EN BUENA LID” (TERCER PREMIO EN EL XXX CERTAMEN LITERARIO PICARRAL. ZARAGOZA 2013)

EN BUENA LID

 

Las olas son pequeñitas, se encorren las unas a las otras en una secuencia juguetona y espumosa. Como dicen todas las canciones nada originales, vienen y van, vienen y van. El sol brilla, orondo y potente, sobre él. Sobre ellos. Salva mastica arena. Y él, bosteza.

Mirando al pequeño, a Klaus se le ocurre que ya lleva demasiado tiempo a remojo en la balsita hinchable, llena de agua de mar. Que debería sacarle y secarle o se le arrugará todo, como una vieja sirena.

Hace crujir sus articulaciones, jóvenes pero cansadas de tanto trasnoche, y se levanta.

—¡Arriba, enano! —el pequeño Salva hace una mueca de disgusto al verse arrancado de cuajo, desde su particular reino de agua sucia, hacia una toalla rasposa—, vamos a dar el paseo.

Pero es papá quien le está achuchando contra su cuerpo caliente, envueltos los dos en el toallón de Espinete, y la mueca se le disuelve en el acto. Contra el pecho de papá, no hay mal que dos minutos dure.

Ya seco Salva, Klaus amontona su disperso campamento en una pila, con la intención de taparlo con la toalla húmeda con la que ha secado al pequeño. La silla, el periódico, la balsa de agua recalentada y mezclada con pis y arena, el cubo, la pala, la mochila de los pañales de “porsiacaso” y el pantalón de recambio, el botellín del zumo, la bolsa de doritos, la de chuches, el gorrito de ganchillo que le tejió Brunilla, su vecina… Klaus sonríe al desorden, coge el gorrito y, con un revoleo airoso, extiende la toalla y esconde el resto debajo. Es obvio, se dice, que si un chorizo quiere llevarse algo lo hará igualmente, pero al menos que se moleste en investigar. Y, piensa irónico, que se lleve el chasco de contemplar el ilustre botín que esconde Espinete.

Se sienta en la arena y coloca a Salva el bañador seco y el gorro. Le unta, como si fuera a freírlo, de protección cincuenta.  Echa una mirada al reloj para calcular la hora de vuelta; antes de salir ha dejado el puré cocido a falta de pasarlo por la turmix y, de camino a casa, tiene que recoger el pan y la leche.

Suavemente, acerca la mano hacia los cabellos oscuros del pequeño y los aparta de su frente.

—Ya te toca pelu —le dice bajito, ensimismado, perdido en la mirada azabache de los enormes ojos del pequeño—. Esta tarde nos pasamos por donde Sandra —acerca despacio al niño hacia él, lo rodea con sus piernas y le abraza. Su cabello rubio, casi blanco, contrasta con la rizada melenita morena de Salva y, por un momento, se mezclan los dos colores, los dos cabellos, las dos respiraciones. Padre e hijo.

No le conviene dejarse llevar por el sentimentalismo. Cuando eso pasa acaba con un bajón del quince, llamando al Toni para llorarle en el hombro o  haciendo algo de lo que luego suele arrepentirse. Así que, dando un último estrujón a su pequeño, inspira hondo.

—Vamos, grumete.

Coge a Salva de la mano y se levanta de un salto. El niño imita a su padre, feliz. Da un brinquito sobre la arena y se agarra fuerte a la mano de papá. El paseo por la orilla es el colofón que pone fin a las mañanas de los días de fiesta y da paso a otro de los grandes momentos de su pequeña existencia, la comida y la siesta en el sofá, con papá. Todo con papá.

Klaus apenas tiene treinta años. Vino hace doce desde la insulsa Danmark —es él mismo quien llama así a su país—, de viaje de estudios. Y se quedó.

Se enamoró de esa costa árida y ventosa; de la sensación de libertad que daba no vivir embutido en capas de ropa; del idioma rasposo y complicado, que sabe nunca llegará a dominar. De la luz. Del mar.

Klaus se quedó, con la facilidad con que los jóvenes hacen a veces las cosas. Sin excesivos sudores, hizo una llamada a cobro revertido a su familia en Copenhague y les dijo que se quedaba en España. Que ya les avisaría en cuanto ahorrara algo de dinero y tuviera un lugar decente para recibirles. Para que, si querían, vinieran a visitarle. Nunca lo hicieron.

Encontró rápidamente trabajo sirviendo copas en el Paraguanaira, un mastodóntico disco-pub en la misma playa. Pelo rubio, metro noventa y ojos azules en este país de morenos chaparrudos: alfombra roja en cualquier lugar donde tengas que pasear el palmito, le dijo el Toni. Y, efectivamente, Klaus comprobaba una y otra vez que no tenía que hacer nada más que “ser” para gustar de inmediato. Aquí se mea pepsicola por todo lo que viene del norte, le había dicho también su amigo.  El Toni parecía ser alguien bastante sabio, además de buen amigo.

—Papá… —un tironeo insistente a su mano le saca por un momento del adormecimiento de sus meditaciones—, papi…

Salva tiene dos años y medio. Pelo moreno, ojos oscuros, enormes. Va a la guarde de Teresa todas las mañanas, mientras papá duerme; lo lleva Bruni, la vieja vecina alemana. El primer día, papá le advirtió que no había que llamar viejas a las vecinas viejas y él obedeció; la llama Bruni. Luego, papá lo recoge y comen juntos, se echan la siesta también juntos y dan una vuelta por el paseo marítimo. Después, papá lo baña y le da la cena. Entonces, vuelve Bruni y papá se va al trabajo. La vida es simple.

—Papi, esa señora te hace así con la mano.

Klaus mira a Salva, que aparentemente está devolviendo un saludo a alguien, y luego hacia donde señala el pequeño.

—Se habrá confundido, lille[1], no la conozco de nada.

—Vale —acepta Salva tranquilamente.

La vida es sencilla para Klaus y su hijo. Es agradable. Es fácil.

La mirada de Klaus abandona la arena y se dirige al mar. La señora que saluda queda en un plano difuso y secundario, como en otra dimensión. Los ojos transparentes navegan por el agua infinita, ese día de un azul de cuento de hadas, y se detienen en uno de los barcos que a diario recortan su silueta contra el horizonte.

Klaus lo imagina por dentro como un hervidero de marineros de todas las nacionalidades, circulando por pasillos interminables, mirando radares que emiten rítmicos pitidos y manipulando máquinas brillantes; una tripulación ocupada con misiones secretas de las que depende que no estalle la tercera guerra; un capitán ceñudo con cartas de navegación y sextantes en la mano; contramaestres que suben y bajan a toda prisa, siempre con algo importante que decir a alguien igual de importante. Klaus sabe que,  en realidad, se trata de un carguero que espera permiso para atracar. Lo que lleva no son planos secretos ni armas sofisticadas, sino  yeso para la fábrica de cemento. Un polvo seco que obstruye las vías respiratorias y pinta las pestañas de blanco sucio. Pero a Klaus le gusta soñar.

Al poco de venir Salva a este mundo, su madre se fue al otro por culpa de las malas compañías y de una sobredosis. Klaus desoyó los consejos de sus amigos sobre no hacerse cargo del niño o, a una mala, pedir ayuda a sus padres en Dinamarca. decidió que sacaria adelante él solo a la pequeña familia que formaban Salva y él.  Pero el sueldo de camarero se le quedó al instante tan pequeño como parecía ahora, a lo lejos, el barco cementero. Pronto tuvo que admitir que, sólo en pañales, se le iba la mitad de los ingresos.

Buscó un segundo empleo en el barco cementero. Y en la cantera. Y en los viveros. Pero los tiempos habían cambiado y las cosas se habían vuelto difíciles. En el barco no había trabajo. Era demasiado blando para la cantera. Y demasiado nórdico para los viveros. A los patrones, su pelo rubio y sus ojos azules no les hicieron mear pepsicola, sino ahuyentarlo con un gesto de desgana “Anda… tira, tira…”. Y a él no le servían como cheques de canje en la farmacia, el súper o la tienda de chuches. Su belleza nórdica y su sonrisa seductora  no iban a pagar la papilla, los pañales, el jarabe o los ositos de peluche.

¿O sí?

—Papi —Salva vuelve a tirar de su mano. Klaus advierte que la playa se está empezando a despejar.

—¿Qué pasa, lille?

A Salva le gusta que papá le llame lille, que hable de esa forma en la que sus amigos de la guarde no saben hablar. A veces, lo hacen para entenderse sólo ellos dos. Eso es lo que más le gusta.

—Jeg har sult —dice.

—¿Tienes hambre? Ya volvemos.

Klaus lo coge en brazos y le estampa dos besos como dos soles. Sonoros y esponjosos, como los de las muchas tías y abuelas que el pequeño ha ido cosechando en el pueblo. Besos de tata, de señora, de vecina. Esos besos, sobre todo, son los que le gusta a Klaus darle a Salva.

El viento de levante empieza a soplar, como cada día a esas horas, y les revuelve a los dos el pelo. Salva está hasta las cejas de arena, bien pegada al protector cincuenta. Mejor lo  baña antes de comer y así se pueden quedar fritos en el sofá nada más terminar el postre, con el documental de la dos de fondo y sin picores. Ambos emprenden el camino de vuelta.

Klaus no quiere mirar hacia la playa. Están pasando por donde antes y sabe que, si la ve, Salva va recordarle que ahí sigue la señora que hacía “así” con la mano. Por eso da la vuelta al niño y lo aposenta en su brazo derecho, de cara al mar. Le cuenta que aquel barco grande del fondo es el barco de Peter Pan, que se lo ha ganado al Capitán Garfio en buena lid. Salva le pregunta qué es eso y Klaus le contesta que bueno, que en realidad ha sido en una lucha de espadas pero que lo importante es que ahora es de Peter  y de los niños perdidos. Y que van todos los días de aventuras por todos los mares del mundo. Salva asiente, muy comprometido con la proeza de Peter. Ya la conoce porque papá se la ha contado muchas veces, pero no deja de entusiasmarle volver a escucharla, pensar que allí mismo, en su pueblo, está Peter Pan. Y se pregunta cuándo papá le llevará a conocerle. Papá no tiene barco, eso es lo malo. Pero a lo mejor pueden ir en alguno de los que hay en el puerto. O en el de Matías, el de la tita Emilia, la que les vende el pescado para  las cenas.

Salva ya no se acuerda de la señora que saludó a papá al pasar antes. Ni sabe que la tienen detrás, mirándolos fijamente. No sabe que, a esa señora, su papá le gusta mucho. A esa y a muchas más. Y a bastantes señores también.

Salva no sabe dónde está Madrid. Ni que casi todos a los que les gusta mucho su papá viven allí. Que vienen a pasar las vacaciones, los fines de semana, los puentes… y que tienen el teléfono de su papá. Y que le llaman algunas noches, cuando él duerme, para ver si está disponible. Salva no tiene ni idea de todo eso, ni siquiera sabe lo que significa disponible.

Klaus no quiso llamar a sus padres para pedirles socorro cuando nació Salva, ni iba a hacerlo nunca. No es que tuviera nada contra ellos, pero la decisión de partir peras —expresión del Toni— con ellos y con ese norte lleno de ojos azules y frío, había sido suya. Como  suyo era Salva y suya era la tarea, la exquisita tarea, de qué hacer con él.

Así que ahora, a Klaus le saludan en la playa señoras y señores y, cuando eso pasa, él da la vuelta a su hijo para que mire hacia el mar. Al barco que Peter Pan ha robado al Capitán Garfio, en buena lid.

O en mala.

Cómo Peter ha conseguido el barco, a decir verdad, a Klaus y a Salva les da exactamente igual. El caso, lo importante, es que lo tiene. Y que, desde ese barco ganado en buena o mala lid, la gente de la playa es tan minúscula, tan pequeña, tan poco importante, que casi, casi, ni existe.

Klaus planta otro beso vibrante en la mejilla de Salva y le dice algo al oído. Los dos miran hacia el mar y agitan las manos en el aire.

¡Hasta mañana, Peter!

 

 

FIN


[1] Pequeño, en danés.

 

RELATO “NINGUNO” (TERCER PREMIO EN EL XXIX CERTAMEN LITERARIO PICARRAL. ZARAGOZA 2012)

Ninguno

No está prestando demasiada atención a lo que ocurre en la pantalla. Y eso que es lo que más le gusta de estar allí; la tele. O, más bien, lo que echan por la tele. Que no tiene nada que ver con lo que echan donde él vive. Porque allí sólo puede ver partidos de fútbol, con padre y sus hermanos  y muchos otros hombres, que fuman y hacen mucho ruido. Aquí, sin embargo, se infla a ver dibujos animados y pelis de americanos con casas enormes, a los que les pasan cosas alucinantes y que tienen siempre muchos niños muy guapos. Él no sabe si es guapo, madre nunca se lo ha dicho.

Pero ahora no está haciendo caso. En parte porque está muy a gustito, acurrucado entre los cojines del sofá y el gato “César”, en parte porque lo que están echando es un rollo (aquí lo llaman el telediario) y, en otra parte, porque está superconcentrado en chupar los restos de chocolate de lo que era un huevo Kinder, del otro huevo, el amarillo que sale dentro y que se muere de ganas de abrir ya para ver qué le sale esta vez.

Pero, por alguna razón que no se plantea, acaba quedándose colgado de las imágenes que retransmite la tele. Al final, ese tropel de pies en chancletas ha conseguido que el huevo amarillo de plástico y sus propios dedos se hayan convertido en un todo de babas y chocolate. Se los mira por un segundo y decide que no se notará demasiado, porque sus dedos ya eran oscuros antes.

Marina, que así se llama su mamá española y tem-po-ral —esto último se lo repitieron muchas veces los que le preguntaron a padre y a madre si querían que él pasara el verano aquí—, parece estar también abducida por las imágenes. Está sentada en el sofá de al lado, que no tirada como él y no come, también al contrario que él. Ni Kinder, ni nada. Marina no come casi nunca, él se ha fijado. No sabe por qué, con tantas exquisiteces que tiene en los armarios de la cocina, pero esa es la cosa. Que no come más que comida verde. Y poca. Pues eso, Marina está sin comer, sentada muy tiesa y muy callada, mirando también los pies con chancletas. Eso sí igual que él.

Son pies que caminan como a trompicones. Son pies como los suyos —desvía la mirada desde la tele hacia sus pies descalzos y lo confirma—. Oscuros, con las uñas rosita y la mitad de abajo también. Pero esos pies, los de la tele, están llenos de polvo. Y son muchos; van acompañados de un montón de pies más. Y todos, todos, llevan las mismas chancletas.

Él va descalzo, Marina no le deja poner los pies en el sofá si no se descalza antes. Pero en el suelo, tiradas de cualquier manera, están las sandalias que ella le ha comprado en una tienda muy bonita; y que son sólo suyas. Eso es lo que le dijo cuando, al quitárselas el primer día, las dejó en el pasillo, por si querían ponérselas sus hermanos españoles y temporales. Son azules y rojas, con una hebilla brillante y una suela muy gorda, tan gorda que no se le clava ni una sola piedra del suelo cuando camina con ellas. Claro, que aquí tampoco hay muchas piedras que clavarse. Aquí el suelo es liso y no tiene cosas tiradas, ni botellas, ni latas, ni cachos de cosas que uno no sabe qué son, o qué fueron antes de ser cosas tiradas. Ni piedras. Solo cuando van a visitar a los abuelos de sus hermanos españoles y temporales, que viven en una casa parecida a las de los americanos de la tele, pisa alguna piedra. Pero son piedras muy limpitas, todas iguales, de color blanco y puestas allí, en el suelo, a propósito —cosa que él no entiende demasiado pero bueno, ellos sabrán lo que les gusta hacer con sus piedras—. Sus sandalias son brillantes y están muy limpias. Las chancletas de la tele no. O mejor dicho, no se sabe de qué color son. Pero limpias, limpias así como las suyas, no están.

Los pies de la tele son grandes, no pequeños como los suyos. Hay otros pies mezclados entre ellos, sin chancletas. Son pies con deportivas, parecidas a unas que también le ha comprado Marina, pero de colores menos bonitos. Las personas que tienen esos pies, los de las deportivas, están abrigando a las personas de los pies con chancletas. Se ve que tienen frío aunque aquí, donde está él, hace muchísimo calor. No es que a él le parezca que hace calor, pero Marina lo dice todo el tiempo, así que lo hará.

Entre las personas que tienen esos pies, ve que hay una más baja que los demás y con una barriga tremenda, como la que tiene madre cada año. Es una señora, como madre. Y se fija en sus pies oscuros, para ver si también lleva chancletas. Y sí, las lleva. Sus pies son tan negros como los de los demás, y parecen igual de fatigados. Son casi como los de la anciana que atiende a madre cada vez que ésta se tumba a traer un hermano nuevo. Y sus chancletas tienen también el mismo color que las de los demás.

Es un color que se debe llamar ninguno y que sólo debe existir donde él vive. Y donde viven todos esos pies de las chancletas. Al menos, aquí él no ha visto ese color. En donde vive sí, pero allí no lo llama de ninguna manera. En donde él vive hay muchos colores bonitos también, las mujeres como madre los llevan en la ropa. Pero también hay el ninguno, que aquí no ha visto. Bueno, a lo mejor sí que lo ha visto en algún sitio, por ejemplo en los churrillos que saca la goma de borrar que le ha comprado Marina, junto con un montón de cuadernos y una caja de lápices de colores. Esos churrillos salen cuando borra algo que le ha salido mal, y le parece que también podrían ser de color ninguno.

De repente, está mirando los pies de Marina.

Los pies de Marina le alucinan. Le han alucinado desde que vino a su casa. Son pequeñitos y oscuros. Pero de un oscuro diferente al suyo y al de los pies de la tele, los de las chancletas. Incluso a los de la señora de la barriga o a los de madre, que son señoras igual que Marina. O parecidas. Bueno, señoras. El oscuro de Marina es un oscuro poco oscuro, cree él. Casi como el oscuro de un cacahuete. No de la pielecita suave que rodea el cacahuete, y que a él le encanta. Sino como el cacahuete de dentro, el que está debajo de la pielecita. Eso cuando madre los tuesta, claro. Porque sin tostar no tienen ese color.

Además, Marina se pone las uñas de colores. Y a él le parece que le quedan una pasada de preciosas. Lo de “pasada” lo ha aprendido de Borja, el mayor de sus hermanos españoles y temporales. A veces las tiene de color rojo, otras de color rojo más oscuro, y otras de color rojo más claro. Nunca las lleva de color ninguno. Son una pasada de las pasadas, las uñas de Marina. Ahora no las ve, porque Marina las lleva metidas dentro de unos zapatos que también le alucinan. Cuando Marina se pone esos zapatos, sus pies ya son lo más guay del mundo —lo de guay también se lo ha copiado a Borja—. Los zapatos son superpequeños, y levantan los pies de Marina del suelo, y a ella misma, como si fuera a echar a volar. Los levantan porque tienen como un palito en la parte de atrás, no porque vuelen de verdad.

Marina tiene de muchos colores y le encanta ponérselos. Y a él le encanta que se los ponga, porque parece más bonita, más alta, más simpática y más guay con ellos. Y, sobre todo, porque va haciendo un ruidito por la casa, o por la calle, o por las tiendas, que le alucina lo que más. Toc, toc, toc. O tic, tic, tic. O tucu, tucu, tucu… depende del color de los zapatos de ese día. Ese es un misterio muy emocionante, que algún día le pedirá a Marina que le cuente.

Pero ahora no, porque está toda concentrada en lo de las chancletas de la tele y no quiere interrumpirla.

—¿Qué estas viendo?

El que pregunta es Rober, el marido de Marina, que acaba de entrar desde la cocina. Rober es un padre español y temporal majo. Siempre va y le hace cosquillas en la tripa, o le levanta en el aire y le da vueltas hasta que casi se hace pis de la risa, o le llama Chavalote. Seguro que está haciendo cosas muy ricas de comer. Siempre las hace él, o Encarna, una señora que no vive allí pero que va todos los días. Marina nunca. No le debe gustar o a lo mejor no sabe hacer comidas. No como madre, que sí sabe. Cuando se sientan a comer, ella siempre le dice a Rober que con una hojita de lechuga y una pechuguita ya tiene bastante, que no sea pesado. Pero él no debe estar muy de acuerdo con eso porque se pasa el tiempo diciéndole que ya no necesita perder más, que ya está guapa. Y él mira a Rober, a ver si Rober le mira también a la vez, para que sepa que está de acuerdo con lo que dice, que Marina está guapa. En lo de que no necesita perder más no está de acuerdo, porque no sabe qué quiere decir eso. Que Marina necesite perder algo. Y como no entiende de qué va, pues se calla.

—Otra patera —dice ahora Marina, que ese día lleva los zapatos de color azul con bordecito negro. Son los que hacen tikmm, tikmm, tikmm.

Rober se le queda mirando a él. Luego mira la tele. Todavía se ven las chancletas y las deportivas, pero con unas letras delante que él no entiende, porque aún no ha aprendido a leer ni a escribir, y menos en español. Aunque Marina le ha dicho que para el verano que viene le pondrá un profesor que le enseñará. Luego, Rober le mira otra vez. Y luego, vuelve a mirar a Marina. ¡Cuánto mira Rober!

—Son de Senegal —dice, muy serio.

—Sí —dice Marina.

Senegal es de donde él es. Y madre. Y padre. Y Sarabi, Mamadou, Makena, Bimba, Abdou y Zima. Él, se llama Alhayi.

—Pues no sé si el niño debería… —dice Rober sacudiendo la cabeza hacia donde está él.

Marina mira a Rober con cara rara, como si tuviera mucho sueño. Y luego le mira a él.

Él se encoge un poquito entre los cojines, pues ya le mosquea tanta mirada, y acaricia a César detrás de las orejas, que sabe que le gusta. Le parece que de pronto sus pies son muy grandes, y muy negros. Que sólo es pies. Todo él pies. Sonríe, porque no sabe qué hacer y porque sabe que a Marina y a Rober les gusta, siempre le dicen que qué envidia de dientes. Él no sabía lo que quería decir “envidia”, pero ya se lo han explicado. Significa que les gustan sus dientes más que los suyos, los de ellos. Pero eso no es que se los quieran quitar, sólo que les gustaría que los suyos fueran iguales que los de él. Por eso sonríe ahora. Porque no sabe si Marina le mira porque piensa que sus pies deberían llevar chancletas color ninguno o porque está enfadada, o triste, o qué.

—Vale —dice ella por fin. Y coge el mando de la tele y aprieta el botón.

Cree que enseñar sus dientes ha estado bien, porque le ha puesto una peli de unos chicos y unas chicas que cantan y bailan encima de unas mesas. Y tienen los dientes casi tan blancos como él. Así que acaba de limpiar bien con la lengua el huevo amarillo del Kinder y se siente superfeliz. Va a abrirlo, a ver qué hay dentro. Y verá la peli hasta que Rober salga con algo superrico para comer. Y esperará tan contento a que Marina se levante del sofá para ir a recoger a Cayetana y a Laura de la piscina de unas amigas —a él no le gusta la piscina, por eso se queda en casa viendo la tele—  y, al caminar hacia la puerta encima de sus zapatos, haga ese ruido de azul con bordecito negro: tikmm, tikmm, tikmm…

Abre el huevo amarillo y le sale un tractor diminuto, como el que le dieron a padre para que trabajara el campo sin cansarse. Se lo enseñará cuando vuelva. Se arrellana bien entre los cojines y, con el tractor bien agarrado en la mano, se zambulle en la historia del chico rubio que le canta a la chica morena, mientras ella baila dando saltitos a su alrededor.  También lleva zapatos con palito atrás. Son rojos y por eso hacen takta, takta, takta. Son bastante guays.

Es lo que más le gusta de la tele.

Que, si no quieres ver chancletas de color ninguno, pues vas, cambias y ya está.

Se lo tiene que decir a madre cuando vuelva.

 

 

Imagen de Sedom en el programa Página 2

En el minuto 3 se puede ver una imagen de Sedom (en su primera edición). Ya sabeis que no es precisamente una novela erótica, pero nunca está de más que salga en TV y con la voz de Eduardo Mendicutti de fondo, mejor que mejor.
Ver vídeoPágina 2 - Carlos Ruiz Zafón -15/07/2012

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RESOLUCIÓN CONCURSO SPIN OFF

Escrito por en Miércoles, julio 4, 2012 · 2 Comentarios 

 

RESOLUCIÓN DEL CONCURSO:

Y por fin llegó el momento que todos esperábamos: el veredicto del jurado.

Decir que ha estado muy reñido suena a tópico pero es la pura verdad. Ha sido dificilísimo adjudicar los puntos entre tanto buen relato, sobre todo dirimir entre los que debían estar en los primeros puestos.

Al final el jurado ha estado compuesto por  cinco personas. Ninguna de ellas, excepto yo, sabía a quién pertenecía el relato; ni siquiera les pasé los seudónimos. Todos hemos puntuado cada relato del 1 al 5 y luego simplemente se han sumado los resultados. Yo, por mi parte, los imprimí, borré los seudónimos para intentar olvidarme de quién eran y ejercí un complicado ejercicio de abstracción para puntuar en conciencia. Creo que lo he conseguido.

Ha habido un empate técnico entre tres relatos para el segundo lugar. He decidido dejarlo así y darles ese segundo puesto a los tres.

Así que éste es el resultado:

1º- Odell (Iscariote)…………………………………………………………….24 puntos

2º- Ave Fénix (Natsu)…………………………………………………………..21 puntos

Su eternidad (Xabiwit)……………………………………………………..21 puntos

La memoria de los muertos (Paz)……………………………………….21 puntos

3º- Perdón (Jariba)……………………………………………………………….20 puntos

 

¡ENHORABUENA A LOS CINCO!

 

Si alguien quiere saber con cuántos puntos quedó su relato se lo diré con mucho gusto por correo privado. Los siguientes relatos tienen una puntuación de: 20, 19, 17´5, 16, dos empatados a 15 puntos, otros dos a 14 y tres con 13.

Hemos intentado ser lo más objetivos posible, pero que tu relato no esté entre los ganadores no significa nada; ni que no sea bueno ni que no escribas bien. Simplemente quiere decir que para gustos los colores, que éramos cinco personas y que cada uno tiene su opinión y a cada uno le impresiona más un aspecto del escrito. Unos se decantan por la originalidad, otros por el sentimiento, otros por el estilo…  Así que mucho ánimo a todo el mundo y a seguir escribiendo.

Quiero daros las gracias de todo corazón a todos los participantes. Para mí ha sido una experiencia preciosa y emocionante. Ver a mis personajes en manos de otros escritores (porque eso es lo que sois todos), con sus puntos de vista y moldeados por ellos, ha sido como volver a sentir la frescura de la primera vez, cuando yo los escribí; allí estaban todas las posibilidades abiertas, todo podía pasar, todo estaba por descubrir. Eso es lo que me habéis hecho sentir. Y os lo agradeceré siempre.

Cada relato tenía un giro diferente, una mirada distinta, una emoción no equiparable a ninguna otra. Cada uno de ellos (todos y cada uno) me han emocionado, hecho llorar o sacado una sonrisa o un gesto de pura admiración. TODOS. Podéis creerme. Tanto es así que me gustaría regalar a cada uno un detalle, un recuerdo, algo que les haga ganadores de alguna forma de esta experiencia, tanto como a los que han sacado más puntos.

Para eso, tanto los ganadores oficiales como todos los que quieran tener ese recuerdo deberán mandarme al correo privado su dirección postal completa. Recuerdo a los 2º que pueden elegir entre la bolsa y la taza. Y al 1º entre camiseta, bolsa y taza. Y que podéis elegir la imagen entre las que adjunto aquí IMÁGENES. Sólo tenéis que decirme el número que pertenece a la imagen que os gusta. El tamaño se adaptará al objeto (camiseta, taza, bolsa).

 

Nada más. Millones de gracias a todos y espero veros en algún otro concurso que se me ocurra. Y, si no se me ocurre nada, por cualquier otro sitio.

¡NO DEJÉIS DE ESCRIBIR!

PD_ Aunque el concurso ha terminado, si alguien quiere seguir escribiendo sobre nuestros dos chicos y me lo quiere mandar, estaré encantada de recibirlo, leerlo y publicarlo.

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IMÁGENES PARA ELEGIR

Escrito por en Miércoles, julio 4, 2012 · Deja un comentario 

 

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TITULO: “CARTA PARA WILFRED” AUTOR: YOEL CASILLAS

Escrito por en Lunes, julio 2, 2012 · 3 Comentarios 

Carta para Wilfred

 

Wilfred,

Nunca he hablado de mí pero esta vez quiero hacerlo, quiero abrirme a ti de corazón. Quizás dudas respecto a  lo que siento por ti, pero nunca antes había estado tan seguro de mi amor por ti, eres y serás el amor de mi vida. Aunque quizás dudé al inicio sobre mi naturaleza y esa extraña energía que emanaba de nosotros hoy, aunque lejos, quiero que sepas realmente quien soy, por que ya no quiero ocultarlo, quiero mostrarme a ti tal cuál soy.  Si bien siempre he sido extraño para muchos, eso lo debo en parte a mi familia, mi familia que siempre actuó de manera distinta a las demás, siempre fuimos “ los extraños del pueblo”, en casa nunca se habló del pasado por una extraña razón que aún no comprendía.  Mi padre (Santiago) es el hijo mayor de Guadalupe e  Isacc Santiago, mis abuelos,  quienes tuvieron sólo 5 hijos: Martha, Santiago, Aurelio, Josefina y Isacc Abraham. Yo no tengo hermanos, soy hijo único,  la mayoría aún viven en el pueblo  (Tepatilán de Morelos) de donde somos, ahí en la Casa Grande (La Casa de la Bisabuela Ana) esa que queda en las afueras del pueblo donde he pasado una de las infancias más felices, en la que guardo  los mejores recuerdos de mi niñez. Mis primos siempre fueron mis mejores amigos, aunque hoy cada uno ha hecho su vida, siempre nos reunimos en  Casa Grande para pasar Navidades, siempre fue una tradición familiar, la Noche buena es uno de mis días favoritos, ya que puedo beber todo el ponche de frutas y comer lo que tanto me gusta,  pero hoy el motivo de mi carta es para compartirte uno de los hallazgos que por fin aclara el origen de mi familia, eso que durante mucho tiempo han callado.

Mi bisabuela Ana, quien siempre vivió en Casa Grande hasta sus últimos días, cuidaba celosamente cada una de sus flores, en especial sus crisantemos blancos, en ese jardín hecho por ella misma.  Pasaba las horas y horas pensando y añorando a los suyos. Yo siempre era curioso. Recuerdo que en alguna ocasión  abrí el baúl de la Bisabuela,  ese que cuidaba tan celosamente  y que guardaba en su ropero,  ese día a mis 6 años me ganó la curiosidad y en el mismo leí un título que me dejó un poco extrañado “Memorias de Vida” entre otros objetos peculiares de formas no ordinarias. Pero en particular dos objetos atraparon mi mirada, una foto en la que aparece mi bisabuela Ana con quien supongo era mi bisabuelo y sus hijos, ahí conocí a Yoel (Mi tío abuelo) por quien llevo mi nombre y al que mi Bisabuela le tenía gran admiración. Nunca se habló de su muerte, sólo se mencionaba su nombre en su aniversario luctuoso, ese día la bisabuela llenaba de flores la gran mesa de la Casa Grande. Yo siempre le llamaba Abue, Ella falleció a los 95 años de muerte natural, un día nunca despertó.

He decidido tomarme unos días para pensar  y pasar el fin de semana  en el pueblo en Casa Grande, ese lugar que siempre trae a mi vida paz y equilibrio espiritual, ese en el que cada rincón hay una historia por contar.

Ayer encontré ese baúl y sin querer, me ganaron las ganas de abrirlo, pero mi sorpresa fue mayor al descubrir en el “Memorias de Vida”, me palpitó el corazón, mi deseo por abrirla era muy fuerte, no pude aguantar y al final terminé  ojeando la primer página y ahí comenzó mi aventura.

Enero de 1946

Querido Yoel:

Sé que ya no estas con nosotros, hoy estaríamos celebrando tú cumpleaños en Varsovia pero ya no es así, hoy las cosas son muy distintas  tú hermano y yo emprendimos un viaje hacía América, la familia que nos acogió también viene con nosotros, vamos a un lugar un tanto extraño para nosotros “México”, aquí no seremos perseguidos por nuestro credo, muchos de nosotros vienen también a este lugar, sólo tenemos que cambiar de nombre y apellido , ahora mi nuevo nombre es Ana Casillas, así ya nadie nos perseguirá nunca más.

El pueblo al que hemos llegado se llama Tepatitlán de Morelos, nosotros vivimos en una casita a las afueras del pueblo, con un gran jardín, ahí siembro flores, frutos y vegetales, aquí hay frutos distintos a los de nuestra Polonia, tenemos también unas gallinas y vacas, nuestra vida es tranquila, aquí  cada noche brillan las estrellas, hijo mío, siempre pienso que eres una más en ese manto sagrado y azul, sé qué estas con nosotros, tú hermano parece sobreponerse a la pérdida de sus hermanos, ahora ha conocido a una chica de nombre Guadalupe, de  la cual esta enamorado, normal a su edad.

Hijo mío tu ausencia en nuestra vida es muy grande, sé que serías feliz aquí. Tú y Andrezj, disfrutarían de la paz del campo, de este sol que brilla como un girasol, de esta luna cálida que cobija y de estos manantiales que purifican el alma. Hijo sólo faltas tú, que me enseñaste  que el amor es el fruto más bendito de la cosecha,  tú que con tu valentía y coraje luchaste hasta tus últimos días en el ghetto de Varsovia, tú que protegiste a tu prójimo, tú que sacrificaste tu vida por nosotros, hoy sé que tú y tus hermanos están juntos en el paraíso celestial, tú que amaste con plenitud, tú que amaste puramente a Andrezj. Hoy intento ser feliz, aunque es imposible, en el fondo soy como un río seco, es difícil para una madre perder a lo más valioso en su vida: sus hijos, hoy mi único consuelo para hacer una nueva vida, es tu hermano y sus descendientes que algún día sabrán de ti, de tu lucha y de tu fortaleza a las adversidades.

Al terminar de leer la primer página no podría creer lo que estaba leyendo, ahora entendía el silencio que guardaba mi familia tan sigilosamente, mi origen, un origen un poco común al de la mayoría  y que supongo motivó a miles de judíos a emigrar a lugares muy lejanos como fue el caso de mi Bisabuela y mi Abuelo,  hoy entiendo muchas cosas, hoy he atado tantos cabos sueltos, hoy afirmo mi amor por ti Wilfred, quiero amarte hasta la eternidad, como Yoel amó Andrezj, quiero respetarte y unirme por siempre a ti.

 

AUTOR: YOEL CASILLAS

 

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MÚSICA PARA UNA ESCENA (ATENCIÓN, SÓLO PARA QUIENES HAYAN LEÍDO EL LIBRO SI NO QUIERES CARGARTE EL FINAL)

Escrito por en Domingo, julio 1, 2012 · 7 Comentarios 

 

VUELVO A ADVERTIR: SI NO HAS LEÍDO EL LIBRO NO LEAS ESTA ENTRADA PUES DESVELA EL DESENLACE, O HAZLO BAJO TU RESPONSABILIDAD. PUEDES VOLVER A ELLA DESPUÉS, SEGUIRÁ ESTANDO AQUÍ (EL QUE AVISA NO ES TRAIDOR)

 

 

Unos amigos me han hecho llegar una maravilla de pieza musical que acompañaría ese momento final de Yoel. Puedo verlo en brazos de Andrzej; la última mirada; el último beso. Cómo Andrzej deposita después su cabeza con cuidado, con mimo, sobre los cascotes. Cómo en seguida es obligado a levantarse por sus captores y cómo dedica una última mirada a su amado desde la lejanía, forzado a dejarlo allí, solo.

Estremecedor…

http://www.goear.com/listen/4820cfa/in-our-tears-secret-garden

Gracias, Jesús y Javier.

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TÍTULO: “ALICJA” AUTOR: ZAHORA

Escrito por en Sábado, junio 30, 2012 · 2 Comentarios 

ALICJA

Querido Andrzej

No sé si algún día llegarás a leer esta carta, pero es el objetivo de mi vida, poder encontrarte y pedirte perdón.

Lo siento hermano, ¡Cuánto dolor inútil! Lo siento hermano, estaba tan equivocada,  estábamos todos tan equivocados…bueno todos salvo tú, y no sé cómo arreglarlo, salvo escribiéndote y diciéndote que te quiero, aunque sea tarde y no sirva para NADA.

Porque después de todo ¿Qué hemos conseguido? NADA salvo dolor.

Queríamos un mundo mejor, una raza pura y creíamos en aquello por lo que estábamos luchando, pensando que los judíos eran nuestros enemigos.

Sé que no te consolará lo que te voy a decir, pero no soy feliz, nunca lo he sido. Ambos perdimos a las personas a las que amábamos o en mi caso siendo sincera, creí amar, porque tras su muerte, me di cuenta de que en realidad no era amor. Creí en una mentira, en un horror y me limité a cumplir los deseos de papá sin pensar en nada salvo en mi propio bienestar. En esa vida acomodada, en la situación privilegiada que teníamos, y creí que así estaría a salvo en mi burbuja viendo que alguien satisfacía los deseos de nuestro padre. Y en esos momentos, hermano, no pensé en ti, sólo en mí.

Puede que te parezca tremendo, pero has sido afortunado conociendo el AMOR, yo no puedo decir lo mismo y no pido tu compasión.

Sí Andrzej, lo tengo todo preparado y aunque no sepa por dónde empezar, te voy a encontrar.  Y como te encontraré, contemplo la posibilidad de que no me quieras hablar, de que no quieras tener relación alguna con una hermana como yo.

Pero tengo esperanzas Andrzej, tengo la esperanza de volver a verte y volver a abrazarte y algo me dice que no me odias, que quien ha vivido el amor en mayúsculas como tú, no puede odiar.

Perdóname, y espero que no te moleste que escriba su nombre después de todo lo que pasó, pero Yoel nos habría abierto las puertas de vuestra vida y de su alma. Ambos lo sabemos…

Y sí, claro que sabíamos lo vuestro  y por eso se hizo lo que se hizo, pensando que volverías a nosotros, que te darías cuenta de que lo que hacíamos era lo correcto, que estaba bien. Lo siento hermano, estaba tan equivocada…

Te aseguro que no dejo de torturarme cada día por todo el daño que te hicimos, que hicimos a Yoel y a tantos como él. Lo siento hermano, estaba tan equivocada…

Quizá vuelva a estar equivocada…lo he hecho tantas veces que esta vez no quiero fallar, no quiero fallarte a ti ni a mí misma.

Perdón, perdonar, fácil de escribir, fácil de decir, pero tan difícil de conceder.

Y es lo único que te pido, sí, encima tengo la osadía de pedirte perdón, de pedirte lo más difícil que hay en la vida, porque el perdón lleva consigo el olvido y sé que eso en tu caso será imposible, pero no Andrzej, no me resignaré, no me quedaré un día sin saber de ti y sin que me escuches o al menos me leas.

Te he dicho que tengo la esperanza de que me perdones, de que me abras la puerta, porque ese día está pronto por llegar.

Ahora decir que te quiero no será suficiente, y aunque sé que la venganza no forma parte de tu ser, si te sirve de consuelo te diré que he sido y que sigo siendo una desgraciada si no fuera por mi hijo, Aniol, tu sobrino.

Aniol es tu viva imagen, y no sólo eso, es igual que tú, valiente, honesto y está deseando conocerte.

Si no me puedes perdonar, si no quieres saber de mí, lo entenderé, pero aún me queda valor para pedirte un último favor. Dale una oportunidad a Aniol, él no te defraudará como lo hice yo. Lo siento hermano, estaba tan equivocada…

Con el deseo de que la esperanza  nunca muera, de que el perdón sea de verdad perdón sin rencor y con olvido, y de que el amor siga siendo capaz de mover montañas.

Tu hermana que te quiere,

Alicja

 

AUTOR: ZAHORA

 

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TÍTULO: “SIE (ELLA)” AUTOR: MINGUI

Escrito por en Sábado, junio 30, 2012 · 1 Comentario 

SIE (ELLA)

 

Mis citas con Yoel se me pasaban volando. Realmente eran segundos especiales, minutos aprovechados y horas de felicidad infinita. Pero cuando llegaba a casa, todo era distinto. Y es que en mi habitación, me sumergía en un mar de dudas. Nunca llegué a saber exactamente si era duda o miedo. Pero la realidad es que auguraba un futuro muy incierto para ambos. ¿Realmente nuestro amor podía luchar contra la injusticia social que estábamos viviendo?. Pensar que con cada beso nos estábamos jugando la vida, verdaderamente me asustaba.

Salí de casa, desganado, inapetente, como si lo que me fuera a esperar en la Universidad fuera un largo y complicado examen de anatomía de duración infinita. En realidad, iba a estrenarme en las Jornadas Universitarias para la convivencia entre Facultades. Este año, nos tocaba organizar el evento a los estudiantes de medicina.

Mi madre me había gritado desde la ventana –¡pero qué guapo estás hijo!-, y observaba, sonriente, como bajaba la calle. Estaba orgullosa, satisfecha y optimista por ver como su hijo iba ganando la batalla a la dura carrera. Pero sobre todo, por comprobar que a pesar de mi amistad con Yoel, “el sastre” como lo llamaba mi padre, me movía en una atmosfera universitaria e intelectual muy beneficiosa para mi.

Comencé la fiesta como un mero transeúnte observador. Como si no tuviera nada que ver conmigo. Y es que en realidad en mis pensamientos estaban todas mis indecisiones. Al rato, me encontró abducido en mi mundo Gerard, un compañero alemán de mi promoción.

-¿Pero que haces ahí tan parado?, ¡Venga! ¡Cógete una cerveza y ven a la fiesta!- dijo mientras sostenía una bebida en cada mano.

– Gracias Gerard, pero no me encuentro muy bien. Sé que somos los anfitriones, pero sólo he venido a dar una vuelta, me vuelvo a casa. Discúlpate por mí con los compañeros.

– ¡Ni hablar! ¡Si esto acaba de empezar!¡Luego dicen que los estudiantes de medicina somos unos sosos! Ven, que te voy a presentar a mi hermana.

No me dió tiempo a negarme. Me agarró del brazo y me llevo hacia la multitud. Había mucha gente. La fiesta se había montado en los porches del viejo pabellón de Cirugía. Había varias barras y dos tímidos altavoces con música alemana que sonaban con dificultad entre el barullo de los estudiantes.

– Andrzej, te presento a mi queridísima hermana Angela. La joya de la familia- Dijo mientras le revolvía el pelo. Parecía que Gerard había bebido más de la cuenta. Su hermana disimuló su gesto de desagrado por la broma de Gerard, y sonrió.

– Un placer Andrzej, muy buena fiesta. Enhorabuena por la organización. – me dijo mientras me daba la mano, y a la vez la espalda a Gerard. Ella también notaba que su hermano apestaba a alcohol.

Una vez recolocado todo su pelo y retirado en un gracioso moño, advertí de golpe lo bella que era. Tenía rasgos comunes con su hermano, un cabello rubio claro precioso y unos ojos marrones almendrados brillantes. Pero lo que le diferenciaba de Gerard era el estilo elegante que transpiraba por todo su cuerpo. Llevaba un vestido ceñido de seda brillante, que marcaba sus sinuosas caderas y mostraba ligeramente su escote. Le acompañaban unas joyas llamativas, que confirmaban a qué sociedad pertenecía.

– Eeeee.., encantado Angela. El placer es mío. – Dije con una voz nerviosa que ni yo mismo me reconocí. Hacía días, quizá años que no me sentía tan asombrado por el físico de una mujer.

Pero había algo más, no solo era ese impactante estilo lo que llamaba la atención de Angela. Era una chica encantadora. Estudiaba derecho, y sabía de todo lo que una persona de veinte años podía entender. Estuvimos hablando horas, bebíamos mientras nos contábamos cualquier tipo de historia o comentábamos como estaban discurriendo los acontecimientos en Varsovia. Era difícil, pero yo intentaba dejar clara una ideología neutra, cercana a la que muchos universitarios tenían. Ella tampoco mostraba en exceso su afinidad por sus compatriotas, aunque la realidad era que su país estaba invadiendo el mío; y esto, al parecer, no le disgustaba.

– Se me ha hecho muy tarde, Andrzej. Debo irme ya. Me ha encantado conocerte.- Dijo mientras se acercó a darme un tímido beso en la mejilla.

– Sí, tienes razón, es tarde. Gracias por este rato, ha resultado muy interesante.- Le comenté mientras despertaban de pronto todas las preocupaciones anteriores que había mermado e incluso congelado gracias a ella. Era como si se hubiese parado el tiempo, en realidad no sabía cuántas horas habíamos estado charlando. Ya quedaban muy pocos jóvenes en la fiesta.

– Mañana tengo unas conferencias, “Actualidad sociopolítica del S. XX” con un profesor alemán estupendo. Quizá te gustaría venir…- . Sugirió mientras apuraba la última calada de su cigarro.

– Bueno…puede estar bien.- Le dije no demasiado convencido por el tema de las conferencias, aunque la idea de volver a verla me entusiasmaba.

Insistió en llevarme a casa. Dejamos la fiesta atrás. Nos montamos en su precioso Mercedes, tan elegante como ella. Era la primera vez que me llevaba una mujer en coche. El viaje se me hizo demasiado corto.

– Llegamos querido. Que descanses. Mañana te recojo a las 9 en punto. – me dijo mirándome fijamente a los ojos, esperando algo más que una confirmación.

– Si…Claro…No te preocupes, seré puntual…. – Me temblaba tanto la voz que quería acabar esa despedida tan embarazosa cuanto antes. Entonces, se me ocurrió la idea de besarla. Solo cuando fui consciente de lo que estaba haciendo, me bajé rápidamente del coche

No dijo nada, sacó su mejor sonrisa, me guiño el ojo y arrancó. Entré en casa asustado. Mi madre, entusiasmada, cerró rápidamente la ventana por la que me había espiado, se acercó sonriente y me abrazó.

 

AUTOR: MINGUI

 

 

 

 

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TITULO: “EXPIACIÓN” AUTOR: CHANQUETE

Escrito por en Martes, junio 26, 2012 · 1 Comentario 

 

 

Expiación

 

Era una fría mañana del invierno de 1960. Como cada mañana, Milova se arrastró hasta el cuarto de baño, dolorida en todo su ser, después de una noche, una más, luchando con sus fantasmas. Todavía no había amanecido pero ya no podía más con la noche. Se miró en el espejo y, aturdida, no se reconoció.

Y volvió a su refugio, a sus recuerdos, a sus memorias. Ya despierta, pasada la noche, podía manejarlos; podía soñarlos, aunque a veces se colaran fantasmas. Y volvía a ser aquella lozana muchacha polaca que vivió con sus padres en la granja familiar. Revivía aquellas escapadas con sus hermanos a la alegre Varsovia y aquel apuesto alemán que la cortejaba ¿Qué fue de él?

Cortó sus pensamientos, suspiró y, despacito, preparó su taza de café de cada mañana. Con ella en la mano, se sentó junto a la ventana que daba a los campos y a la vereda que iba al pueblo.

Y esta vez, algo distinto se despertó en ella. Quería entender qué había entre la que fue y esa imagen arrugada y sin vida del espejo.

Intuía, más que sabía, que habían pasado cosas horribles. Y ella ¿dónde estaba entonces? Ella era sólo Milova: no decidía, no juzgaba, no participaba. Ella sólo estaba. Una entre la legión de miles y miles de Milovas bailando al son que marcan los que deciden, juzgan y participan.

Comprendió, demasiado tarde, que ser sólo Milova era lo que había destrozado su vida. Habían roto su familia, arruinado su Polonia, asesinado a miles de paisanos suyos, y ella no había podido, querido o intentado ser parte de aquello. No era ni víctima ni heroína. Ella sólo estaba allí, ella sólo era Milova.

Comprendió que sus fantasmas habitaban en el vacío de su vida entre la alegre muchacha polaca y el espectro del espejo. Decidió rescatar ese tiempo desperdiciado,

Quería que el mundo supiera cómo fueron esos años en visión de una Milova, entre miles de Milovas. Pero ¿qué podía hacer a sus 68 años?

Cogió un fajo de folios, tomó otro café y llamó a Andzrej.

— Hijo ven a verme. Necesito tu ayuda.

Ya era de día, por primera vez en muchos años sintió que el sol brillaba y los campos estaban lujuriosamente verdes.

Por la ventana vio campesinos camino al trabajo con sus herramientas al hombro y filas de muchachos que iban a la escuela en bicicleta.

Comprendió que el dolor y el heroísmo de unos mártires habían vencido a la maldad. Que su sangre había regenerado la vida de muchos.

Y se juró que el mundo iba a saberlo. Había que rescatar a tantas Milovas perdidas en la Historia…

Aún no era tarde. Empezó a escribir.

 

AUTOR: CHANQUETE

 

 

 

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